Este plan era más de doña Luz que de D. Jaime. Mucho le pesaba tener que separarse de su marido, aunque fuese por muy breve tiempo; pero tenía grande encanto para ella el que D. Jaime mismo preparase a su gusto la casa en que había de recibirla, y donde ella se proponía vivir con modestia y sin frecuentar paseos, teatros y tertulias, para no ser gravosa gastando. Y no menos la encantaba, no por ella, que en esto no tenía vanidad, sino por su marido, el que, cuando ella apareciese en Madrid, estuviese el título sacado, y la pudiesen llamar señora marquesa.
En suma, a los doce días de casados, durante los cuales, ciega doña Luz para cuanto la rodeaba, apenas vio ni habló más que a D. Jaime, éste, colmado de abrazos y de caricias, tratando de enjugar las tiernas lágrimas que derramaba doña Luz, y mostrándose él mismo muy conmovido, salió de Villafría para Madrid, dejando a doña Luz sola en su vetusto y noble caserón, donde, según queda ya indicado, había ella hecho trasladar todos los muebles, primores y libros, que en casa de D. Acisclo habían adornado su habitación antes de la boda.
-XVIII-
Glorioso tránsito
Con la ausencia de D. Jaime, que no debía prolongarse más de un mes, quedó doña Luz algo melancólica, si bien de dulce melancolía; pero con el espíritu más libre y sereno para volver a sus antiguos amigos, en los ratos en que a solas no se recreaba con el recuerdo del dueño ausente.
Doña Luz había vivido como en éxtasis, y ahora volvía en sí, y no sólo pensaba en su amor y saboreaba toda su ventura, retrotrayéndola reposadamente a la imaginación, sino que sentía, según suelen sentir las personas todas que se juzgan felices, la necesidad de expansión y el prurito de estar amable, como si quisiera hacerse perdonar el bien que poseía; bien, que, por ser tan poco y tan raro en la tierra, siempre parece que a costa de alguien se disfruta.
Ello es que la tertulia de casa de D. Acisclo volvió a renacer, trasladándose a casa de doña Luz.
Los íntimos asistían a ella todas las noches; a saber, don Acisclo, D. Anselmo, el cura, Pepe Güeto, su mujer y el P. Enrique.
La pasada animación renació también con la tertulia. Don Anselmo, excitado, volvió a desenvolver sus doctrinas de positivismo, y el Padre, cediendo a las instancias de doña Luz y de su amiga, volvió a discutir con su acostumbrada dulzura, tranquilidad y sosiego.