—Sea V. franco, D. Anselmo—dijo don Acisclo—: ¿qué tiene mi sobrino?

—Es un caso muy grave—contestó tristemente el doctor.

—¿Cómo es posible? ¿Quién lo creyera—replicó don Acisclo—, cuando ayer estaba tan bueno?

—Usted no lo creyó porque no veía el mal que interiormente le mataba. Su sobrino de V. es harto sufrido y sabe disimular. ¡Ojalá no hubiera disimulado tanto y hubiéramos podido llegar a tiempo!

—¿Qué, entiende V. que no es tiempo ya?

—Señor D. Acisclo, usted quiere de corazón a su sobrino; pero usted es valeroso y entero de alma. ¿Para qué rodeos? Menester es que lo sepa V. todo. El Padre se halla en el mayor peligro.

—¿Qué enfermedad es la suya?

—Una enfermedad más rara que en los robustos y sanguíneos, en los flacos y entecos, y, por lo mismo, en éstos mucho más peligrosa. Quizás asiduos trabajos intelectuales, atroces disgustos, prolongadas vigilias, la agitación del alma duramente refrenada y el fuego comprimido de las pasiones, obran misteriosamente en nuestro organismo y promueven esta explosión: el corazón se hincha, adquiere una fuerza enfermiza e irregular, y de repente inunda el cerebro de sangre.

—¿Qué quiere V. significar con todo eso?

—Quiero significar que su sobrino de usted tiene una apoplegía fulminante.