—No le conozco. ¿Qué facha tiene?
—Más bien buena que mala. Viene muy decentemente vestido, aunque de viaje. Se conoce que acaba de llegar. Es chiquitín, regordete, colorado como una remolacha, y se sonríe como si estuviese contento. Está, sin embargo, de luto.
—Mira, Juana, yo no tengo gana de recibir visitas. Dile que me duele la cabeza, que vuelva otra vez si tiene algo importante que decirme, que hoy no recibo.
Juana salió a dar el recado, y volvió en seguida con una carta que puso en manos de doña Luz.
—Don Gregorio Salinas—dijo Juana—, me acaba de entregar esta carta, asegurando que será admitido en cuanto usía la lea. Dice que la carta es su credencial.
Doña Luz, no bien tomó la carta y miró el sobrescrito, se quedó maravillada. Reconoció la letra de su padre.
La abrió precipitadamente, y miró la firma. Era de su padre también.
Leyó enseguida la fecha y vio que la carta estaba escrita hacía más de quince años.
La carta era lacónica. No contenía más que estas palabras:
«Querida hija: El portador de esta carta será don Gregorio Salinas, escribano de Madrid, persona de toda mi confianza. Da entero crédito a cuanto te diga; óyele y atiéndele; y acepta y recibe sin el menor escrúpulo lo que te ofrezca y entregue».