El secreto había sido tal, que nadie había dicho ni sospechado lo más mínimo.
El Conde, a pesar de todo, era suspicaz y receloso, y sospechó algo desde el día de su vuelta. Tal vez la agitación de su mujer; la repugnancia en que ella trocó la frialdad con que antes le recibía; algunas palabras, algunos suspiros, algún ¡ay! delator que le oyó en sueños, bastaron a ponerle sobre la pista.
Una noche, mientras dormía la condesa, su marido se apoderó de la llave del escritorio de su mujer y registró detenidamente cuanto en él encerraba. La Condesa había cometido la imprudencia de conservar las primeras cartas que le escribió su amante y el Conde pudo leerlas. Por dicha, estas cartas no probaban la completa complicidad de la Condesa. Hasta podía ella haberlas conservado, no por amor a quien las escribió, sino por vanidad y como testimonio de haber sido tan amada. Las cartas bastaron, no obstante, para que el Conde tuviera escenas espantosas con su mujer. Si las cartas le hubiesen probado su culpa, el Conde la hubiera asesinado. Como las cartas no eran más que un indicio, el Conde se limitó a atormentar a su mujer y a desconfiar de ella y a vigilarla. Con un pretexto plausible se trajo a vivir en su casa a una hermana solterona que tenía, la cual era una furia del infierno. Esta mujer fue desde entonces la espía, la acompañante, la dueña, la negra sombra de la Condesa.
En cuanto al galán, cuyo nombre descubrió el conde por las cartas, también las cartas le costaron caras. El Conde, a fin de que nadie se enterase y procurase inquirir el motivo, buscó al galán y le obligó a reñir con él a la espada, sin ninguno de los trámites y formalidades del duelo. El galán quedó mortalmente herido en su propia casa, y sólo por un milagro de la cirugía pudo salvar la existencia.
—Sabía ese lance de mi padre—dijo doña Luz—, pero ignoraba quien fue su adversario y la causa del lance. Prosiga V., Sr. D. Gregorio.
—Ya que sabe V. que el galán era el señor Marqués, su padre de V., seguiré este relato designándole con su nombre. Si alguna frase se me escapa que pueda lastimar, aunque sea levemente, la memoria del señor Marqués, doy a V. desde luego un millón de excusas.
Doña Luz hizo un gesto y movió la cabeza como si quisiera indicar que las excusas estaban aceptadas de antemano.
D. Gregorio continuó:
—El terror que le inspiraba su marido, la vigilancia del argos con faldas que tenía en su cuñada y su propio arrepentimiento, hicieron que la Condesa no volviese a ver en secreto al Marqués. Este desechó de su alma, con el andar del tiempo, amor tan peligroso y ya imposible o casi imposible de satisfacer, y se distrajo con más fáciles amores.
Todo lazo se hubiera roto, toda relación y comunicación entre el Marqués y la Condesa hubieran dejado de ser para siempre, si el cielo no hubiera dispuesto que quedase un recuerdo vivo del amor y de la culpa de ambos; un ser que los unía y por cuyo destino y porvenir ambos debían velar igualmente.