«Querida amiga mía: No puedo callar más tiempo. Mi infortunio me ahoga, me mata, y quiero vivir. Soy muy desgraciada y hay una esperanza que me sonríe. Necesito conservar la vida. Temo que este oculto dolor me asesine. Es menester que te le confiese; que me desahogue contigo; que tu compasión y tu amistad me salven. Ven a verme al punto. Te quiere tu Luz».
No hay que decir que doña Manolita estuvo a los pocos minutos en el cuarto de doña Luz, la cual se echó en sus brazos, llorando con mucha ternura y besándola y llamándola su único consuelo.
—Todo lo vas a saber—le dijo—. Me moriría si no me consolase diciéndotelo. Tú eres buena y sigilosa. ¿Prometes callarte?
—Lo prometo—contestó la hija del médico.
—Ni a Pepe Güeto, ¿entiendes? Ni a Pepe Güeto dirás nada.
—No diré nada ni a Pepe Güeto.
—Pues bien—exclamó doña Luz en voz muy baja, pero con extraordinaria vehemencia—, la causa de mi mal es que he descubierto, a los quince días de casada, que el hombre que yo imaginé tan noble, tan generoso, tan enamorado de mí, tan digno en todos conceptos de que yo le amara, y a quien di mi corazón y mi mano, y a quien entregué mi ser y mi vida, es un miserable sin alma.
—¿Estás loca, Luz? ¿Qué motivos tienes para decir palabras tan espantosas?
—¿Qué motivos tengo? Mi padre, sin querer, me lo ha revelado todo en la carta que me entregó D. Acisclo. ¡Fue notable exceso de precaución!
Y doña Luz empezó a reír con la risa nerviosa que tuvo cuando el ataque.