—¿Cómo que no desistirá? Sobre Clara pesa el yugo férreo de su madre. Quitémosle ese yugo, y Clara volverá á vivir, y volverá á amar á su gallardo estudiante, y se casará con él, y será dichosa.

—Lo dudo.

—Yo no lo dudo. Lo que no me explico es cómo se ha vuelto V. tan tétrico.

—Me parece que es ya tarde, —dijo el P. Jacinto, suspirando.

—Voto al mismo Satanás —replicó D. Fadrique:—no es tarde aún, si la dicha es buena. Vaya usted hoy mismo á ver á Doña Blanca. Infórmela de todo. Convénzala de que es libre Clara; de que los bienes que de D. Valentín ha de heredar están ya pagados. Sepa Doña Blanca que yo rescato misteriosamente á nuestra hija. Sepa también que si no admite el rescate, romperé todo freno; lo diré todo; seré capaz de una villanía; la deshonraré en público; leeré á D. Valentín cartas que aún de ella conservo; haré doscientas mil barbaridades.

—Vamos, hombre, modérate. En seguida iré á hablar con Doña Blanca. Ella es madrugadora. Estará ya de punta y me recibirá. Aguárdame en tu casa, y allá acudiré á referirte mi entrevista.

—En casa aguardaré á V. Apresúrese, padre, porque estoy devorado por la impaciencia.

Dicho esto, el fraile y D. Fadrique se levantaron y salieron juntos de la celda á la calle, por la cual caminaron en silencio, hasta que el uno entró en casa de su hermano y el otro en casa de Doña Blanca Roldán.

Dando paseos por su estancia; despidiendo desabridamente á la curiosa
Lucía, que asomó la rubia cabeza á la puerta, y preguntó, como de
costumbre, qué había de nuevo, y lleno todo de agitación, esperó D.
Fadrique más de hora y media.

El fraile llegó al cabo; pero, antes de que abriese los labios, columbró D. Fadrique, en lo melancólico que venía, que era portador de malas nuevas.