—Su desventura no proviene de mí solamente. Su desventura proviene del pecado en que fué concebida, y del cual ni V. ni yo, que somos los pecadores, podemos salvarla ni redimirla.
—Ella no es responsable: nadie es responsable de faltas que no comete. Esa transmisión es un absurdo. Es una blasfemia contra la soberana justicia y la bondad del Eterno.
—No llevemos la conversación por ese camino, Sr. D. Fadrique. Si á V. le parece blasfemia lo que yo creo, impiedad y blasfemia me parece á mí cuanto V. dice y piensa. ¿Á qué, pues, hablar conmigo de Dios? Deje V. á Dios tranquilo, si por dicha cree en Él, allá á su modo. La desventura de mi hija, llámela V. fatal, llámela como guste, procede de su nacimiento. Pues qué, ¿no ha reconocido V. mismo esa desventura, al querer librar de ella á mi hija, haciendo un gran sacrificio, que yo le agradezco, pero que juzgo ya inútil?
—Alguna verdad hay en lo que V. dice. Yo reconozco que Clara, sin culpa, estaba condenada por la suerte ó á sacrificarse ó á ser una usurpadora indigna.
—Estamos de acuerdo, salvo que donde V. dice por la suerte, digo yo por el pecado, y no por el pecado de ella, sino por el pecado de otros. Esto es inicuo para V., que no acata los inescrutables designios de la Providencia. Esto es solo misterioso para mí. Por eso es lo mejor no tocar tales cuestiones. Hablemos de aquello en que convenimos. Convenimos en que Clara estaba, sin culpa suya, condenada á una pena.
—Convenimos; pero convenga V. también en que yo la he libertado.
—Si la ha libertado V., habrá sido por una serie de casos fortuitos: porque vió V. á Clara y la reconoció; porque Clara es bonita, ya que, si hubiera sido fea, no se hubiera V. entusiasmado tanto, ni la vanidad de padre hubiera provocado con ímpetu el amor de padre, y porque, en suma, tiene usted bastante dinero que dar, y halla V. un hidalgo con bastante poca vergüenza para tomarle sin motivo justificado.
—Á mi vez suplico yo también á V. que no entremos en cuestiones inútiles. Yo no he venido aquí á discretear ni á filosofar.
—Yo no discreteo ni filósofo. Digo lo que es cierto. El pecado no fué un acaso; no fué algo independiente de nuestro libre albedrío. El que usted haya encontrado á Clara; el que ella sea bonita, por donde juzga V. que no debe casarse con D. Casimiro ni ser monja, y el que tenga V. más de cuatro millones, no son cosas que de su voluntad de V. han dependido. Para V. son casuales, aunque por Dios estuviesen previstas y preparadas, como lo está cuanto ocurre en el universo.
—Vamos, señora, no apure V. mi paciencia. Tan casual será todo eso, como el haber yo encontrado á V. en Lima, el que fuese V. bonita y el que yo no fuese un monstruo de feo. Lo que no fué casual, sino voluntario, fué la caída; pero tampoco es casual, sino voluntario, el rescate. Será casual, no dependerá de mi voluntad el tener cuatro millones; pero es voluntario, es mi voluntad misma el darlos. Clara, no por casualidad, sino por un acto libre, está ya rescatada del cautiverio, al cual, según V. juzga, y no sin razón, se hallaba sometida por otro acto, que no supongo que considere V. más voluntario, más reflexionado, más meditado y más deliberado con perfecta claridad en la conciencia.