—Pues te equivocas. Mi madre no ha tenido la menor rabieta con nadie en todo el día de ayer. Papá estuvo en el campo.
—Entonces se concibe que no rabiase con él. ¿Y contigo no rabió?
—Hace días que mi madre está dulcísima conmigo. Te repito que ayer no se sofocó mamá con nadie; no riñó á ninguna criada; estuvo apacible y silenciosa.
Clara, si bien era una criatura de singular despejo, se forjaba la extraña ilusión de que una buena madre de familia tenía forzosamente que rabiar, y así no decía nada de lo dicho para censurar á su madre, sino candorosamente.
Lucía no insistió en buscar el origen del mal de Doña Blanca: se inclinó á creer que este mal era pequeño, á fin de no tener que afligirse; y volviendo la conversación hacia otros puntos, preguntó á su amiga:
—Clara, ¿sigues firme en tu resolución de tomar el velo?
—Estoy más resuelta que nunca. Una voz misteriosa me grita en el fondo del alma que debo huir del mundo; que el mundo está sembrado de peligros para mí.
—Confieso que no te entiendo. ¿Qué peligros tendrá el mundo para tí, que para los demás no tenga?
—¡Ay, querida Lucía; el desorden de mi espíritu, los extraños impulsos de mi corazón, la violencia de mis afectos!
—Pero, muchacha, ¿qué violencia, ni qué desorden es ese? Yo no hallo desordenado ni violento el que ames á D. Carlos, que es muy guapo y joven, y el que no gustes de D. Casimiro, que es viejo y feo. Esto me parece naturalísimo.