—No acierto á decírtelo. Me falta valor.

—Ea… ánimo… dí lo que es.

—Mi madre no ha hecho más que hablarme de tu tío desde que apareció en esta ciudad… desde que yo le vi y paseé con él una tarde. Me le ha pintado como pudiera haberme pintado á Luzbel, rodeado aún de hermosos fulgores de su primitiva naturaleza angélica, valeroso, audaz, inteligente como pocos seres humanos. Me ha hecho creer que ejerce tal imperio sobre las almas, que las atrae y las cautiva, y las pierde si gusta. En su mirada hay una luz siniestra que ciega ó extravía. En su palabra, una música seductora que embelesa los entendimientos y ensordece la voz del deber en la conciencia. Según mi madre, tu tío es la maldad personificada, el dechado de la irreligión, un rebelde contra Dios, de quien conviene apartarse para no contaminarse. En resolución, cuanto mi madre ha dicho de tu tío debiera infundirme hacia él un odio, una aversión grandísima. Sé por mi madre que el Comendador es un réprobo. No hay esperanza de que se salve. Está condenado. Es como Luzbel. Y, sin embargo, lejos de producir en mí los discursos de mi madre el horror hacia el Comendador que ella deseaba, tal es mi perversidad, tan pecaminoso es mi espíritu de contradicción, que han avivado mis simpatías hacia tu tío. Yo no debiera decírtelo, yo no sé cómo tengo la desvergüenza de decírtelo. Apenas si á mi confesor le he dejado entrever algo de lo que siento en el negro abismo de mi corazón. Pero, si no te lo digo… ¿con quién me desahogo?… Lucía, tú eres mi mejor amiga… Yo quiero al Comendador de un modo inexplicable. Me siento arrastrada hacia él. Creo en todas sus maldades porque mi madre me las ha dicho; y creo que Dios, á quien el Comendador es simpático, se las va á perdonar, como yo se las perdono. ¿No es una monstruosidad, no es una aberración este cariño hacia una persona casi desconocida? Yo me condenaba antes por mi inclinación á D. Carlos, á despecho, á escondidas de mi madre. Ahora me sucede casi lo mismo que á tí: mi inclinación á D. Carlos me parece natural. Lo diabólico, lo abominable es mi inclinación á tu tío. Es un sentimiento tan distinto, que no destruye ni aminora mi afecto á D. Carlos. Esto prueba mi desordenada índole, mi pecadora y perturbada manera de ser. No sé con qué pretexto, bajo qué título, con qué nombre cariñoso he de acercarme á él, hablarle, llegar á su intimidad, y lo deseo. Cuantas cualidades detestables mi madre le atribuye, se me antoja que no lo son en él, porque es un ser de superior natural jerarquía y está exento de la ley común para los demás mortales.

Con la mirada fija, con el semblante no risueño, como le tenía de costumbre, sino triste y grave, y sin acertar á contestar palabra, oyó Lucía la inesperada confesión de Clara.

Después de unos instantes de silencio Clara prosiguió:

—Nada me respondes; nada observas; te callas; reconoces que soy un monstruo. Será amor de otro género, será un sentimiento indefinido, que carece de nombre en la clase é historia de las pasiones; pero yo quiero á tu tío y le quiero por esa misma pintura con que mi madre ha procurado que yo le aborrezca.

Á este punto llegaba Clara, cuando vino á interrumpirla la voz de Doña
Blanca, que decía:

—¡Hija, hija!

Lucía y Clara se estremecieron. Aunque era imposible que Doña Blanca las hubiese oído, imaginaron por un instante que milagrosamente las había oído y que iba á terciar en la conversación por estilo terrible.

—¿Qué manda V., mamá? —dijo Clara temblando.