Poco después de la conversación entre Clara y Lucía, de que acabamos de dar cuenta, visitaron á la enferma los dos médicos mejores de la ciudad. Ambos convinieron en que su dolencia era de cuidado. Ambos reconocieron cierta alarmante alteración en la circulación de la sangre, que por la fiebre sola no se explicaba. El corazón tenía una actividad, enfermiza y un excesivo desarrollo. El pulso era vibrante y duro. El lado izquierdo del pecho de la enferma se estremecía con las palpitaciones. Un vivo carmín teñía las mejillas de Doña Blanca, de ordinario pálidas.

Los médicos auguraron mal de éstos y otros síntomas: la principal dolencia estaba complicada con otras muchas. No hallando, pues, remedio eficaz por lo pronto, recetaron algunos paliativos, y entre ellos la digital en pequeñas dosis.

Aunque disimularon bastante la gravedad y el carácter poco lisonjero de sus observaciones y pronósticos, dejaron á las dos amigas en extremo afectadas.

Todo aquel día permaneció Lucía al lado de Clara, auxiliándola en sus faenas y cuidados; pero ya no era ocasión propicia para volver á las confidencias.

Si bien Clara no volvió á hablar del estado de su alma, sin duda pensaba en él, según lo preocupada que estaba. Lo que antes de confiarse á Lucía había ella percibido en imágenes vagas y como borrosas, había adquirido, en su propia mente, mayor ser, consistencia y determinada figura al formularse en palabras. Así es que, en medio del afán y del dolor que por su madre sentía, Clara se atormentaba con la idea de aquella inclinación hacia un sujeto, á favor del cual, por extraordinario hechizo, se trocaban en causas y motivos de simpatía y afecto todas las razones que para aborrecerle le daban.

Lucía, por su parte, también estaba meditabunda y triste en extremo. Su taciturna tristeza, dado su carácter regocijado, parecía superior á la pena que pudiera sentir por el mal de Doña Blanca, y aun al mismo disgusto que los devaneos mentales y los dolores fantásticos de su amiga debieran causarle.

Don Valentín, combatido por los opuestos sentimientos de la compasión y del terror que su mujer le inspiraba, seguía viniendo con frecuencia á informarse del estado de la paciente; pero, en vez de entrar en el cuarto y asomar la nariz á la alcoba, se quedaba fuera y asomaba sólo al cuarto la nariz, preguntando á su hija:

—¿Cómo está tu mamá?

Clara respondía: —Lo mismo;— y D. Valentín se iba.

Fuera de la criada de más confianza, que ya venía á traer un recado, ya á dar algún auxilio indispensable, nadie más que el P. Jacinto entraba en la habitación donde se hallaban Clara y Lucía.