—¡Madre, madre, V. delira! —exclamó Clara.

—No, no deliro —respondió Doña Blanca.— Y tú, necio —añadió dirigiéndose al fraile,— ¿eres ciego? ¿no la ves? —y señalaba con el dedo á su hija.— ¡Cómo se le parece! ¡Dios mío! ¡Cómo se le parece! Es un retrato suyo. ¡Apártate de mi vista, vivo testimonio de mi vergüenza!

Clara, llena de horror y de ansiosa curiosidad á la vez, oía á su madre y pugnaba por comprender todo él arcano tremendo. Al sonar las últimas palabras, que iban dirigidas á ella, se cubrió Clara el rostro con ambas manos.

—Bien puedes estar satisfecha —continuó Doña Blanca.— Te tenía olvidada; pero al cabo se acordó de tí é hizo un gran sacrificio. Ya pagó de antemano lo que has de heredar de mi marido. Te rescató de Dios para entregarte al mundo. Quédate en el mundo. Tú no puedes ser monja. La mala sangre del Comendador hierve en tus venas. ¿Cómo dudar que eres la hija maldita de aquel impío?

Clara, al oir estas últimas palabras, dió un grito inarticulado y cayó desmayada entre los brazos de Lucía.

Lucía sacó á Clara fuera de la alcoba, sosteniéndola por debajo de los brazos y tirando de ella.

Doña Blanca, entre tanto, no pudiendo resistir más á la honda emoción, extenuada, rendida, cayó de nuevo en la cama, con temblor convulso y rigidez de los tendones, lo cual fué cediendo con lentitud y dando lugar á un desfallecimiento profundo.

El P. Jacinto acudió entonces á donde estaba Clara, que Lucía había recostado en un sofá.

Clara volvió en sí del desmayo, exhaló un suspiro y rompió á llorar con desatado y copioso llanto.

—¡Clara, amiga querida! dijo Lucía.