—¡No lo dude V… serán muy felices!
—Alégrate sólo y no estés envidiosa —respondió el Comendador;— tú hallarás también un hombre que te merezca, que te ame y á quien ames tú con toda la energía de tu corazón.
—No, tío, no me amará —replicó Lucía.— Yo soy muy desgraciada.
Y Lucía suspiró de nuevo. El Comendador, á la dulce y escasa luz de los astros, vió entonces que corrían dos hermosas lágrimas por las mejillas de Lucía. La luz de los astros se quebraba en aquellos líquidos diamantes y daba reflejos de iris.
El Comendador no fué dueño de sí mismo. Acercó su rostro al de Lucía y puso los labios en una de aquellas lágrimas. Luego exclamó:
—¡Te amo!
Lucía no contestó palabra. Echó á andar hacia su casa; llamó, abrieron, y entró seguida del Comendador.
Al llegar á la escalera, se volvió y le dijo:
—Buenas noches, tío. Adiós, hasta mañana. Mamá me estará aguardando.
El Comendador puso la cara más afligida del mundo, viendo que tan secamente respondía la muchacha, ó mejor dicho, no respondía á su repentina y vehemente declaración.