—Señora, ¿qué ha de ser? ¡Ajorro!

No le hubo, sin embargo. La chacha Ramoncica echó aquel día el bodegón por la ventana.

Al siguiente le tocó lucirse al Comendador, y á pesar de toda su filosofía gozó en el alma de que sus deudos y paisanos viesen maravillados su vajilla de porcelana, su plata y los demás objetos raros ó bellos que de sus viajes había traído, y que había mandado por delante de él con su criado de más confianza. Hasta la extraña fisonomía de éste, que era un indio, pasmó á los bermejinos, con deleite y satisfacción de D. Fadrique. Tuvo además un placer indescriptible en contar sus aventuras y en hacer descripciones de países remotos, de costumbres peregrinas y de casos singulares que había visto ó en los que había tomado parte.

Nada de esto debe movernos á rebajar el concepto que del Comendador tenemos. Por más que parezca pueril, tal vanidad es más común de lo que se cree. ¿Á quién no le agrada, cuando vuelve al lugar de su nacimiento, darse cierto tono, sin ofender á nadie, manifestando cuán importante papel ha hecho en el mundo?

Gente hay que no espera para esto á ir á su lugar. Nacido en uno muy pequeño de Andalucía tuve yo cierto amigo que, como llegase á ser personaje de gran suposición y de muchas campanillas, cifraba su mayor deleite en mandar á su pueblo todos los años un ejemplar de la Guía de forasteros, con registro en las varias páginas en que estaba estampado su nombre. Un año fué la Guía con ocho registros, y el pasmo de los lugareños, participado por carta á mi amigo, le dió un contento que casi rayaba en beatitud ó bienaventuranza.

No es menor el gusto que se tiene en contar lances y sucesos y en describir prodigios. De aquí sin duda el refrán: de luengas vías, luengas mentiras. Baste, pues, decir, en elogio de D. Fadrique, que el refrán no rezó con él nunca, porque era la veracidad en persona. Lo que no aseguraremos es que fuese siempre creído en cuanto refirió. Los lugareños son maliciosos y desconfiados; suelen tener un criterio allá á su manera, y á menudo las cosas más ciertas les parecen falsas ó inverosímiles, y las mentiras, por el contrario, muy conformes con la verdad. Recuerdo que un mayordomo andaluz de cierto inolvidable y discreto Duque, que estuvo de embajador en Napóles, fué á su pueblo con licencia. Cuando volvió le embromábamos suponiendo que habría contado muchos embustes. El nos confesó que sí, y aún añadió, jactándose de ello, que todo se lo habían creído, menos una cosa.

—¿Qué cosa era esa? —le preguntamos.

-Que cerca de Napóles —respondió,— hay un monte que echa chispas por la punta.

De esta suerte pudo muy bien nuestro D. Fadrique, sin apartarse un ápice de la verdad, dejar de ser creído en algo, sin que sus paisanos se atreviesen á decirle, como decían al mayordomo del Duque cuando hablaba del Vesubio: "¡Esa es grilla!"

Al día tercero después de la llegada de D. Fadrique, su hermano D. José y su familia se volvieron á la ciudad; y entonces, con más reposo, pudo entregarse el Comendador á otro placer no menos grato: el de visitar y recordar los sitios más queridos y frecuentados de su niñez, y aquéllos en que le había ocurrido algo memorable. Estuvo en el Retamal y en el Llanete, que está junto, donde le descalabraron dos veces; fué á la fuente de Genazahar y al Pilar de Abajo; subió al Laderón y á la Nava, y extendió sus excursiones hasta el cerro de Jilena y el monte de Horquera, poblado entonces de corpulentas y seculares encinas.