Duró esto hasta que dieron las ánimas.
El refresco se tomó con toda ceremonia y con pocas palabras. Las sillas pegadas á la pared, y todos sentados sin echar una pierna sobre otra, ni inclinarse de ningún lado, ni recostarse mucho.
Después de tomado el refresco, hubo alguna más libertad y expansión, y
Lucía se atrevió á rogar al caballerito que recitase unos versos.
—Sí, sí —dijeron en coro casi todos los tertulianos;—que recite.
—Recitaré algo de Meléndez, —dijo el joven.
—No, de V. —replicó Lucía.— Sepa V., tío, —añadió dirigiéndose al Comendador,— que este señor es muy poeta y gran estudiante. Ya verá usted qué lindos versos compone.
—V. es muy amable, Srta. Doña Lucía. La amistad que me tiene la engaña.
Su señor tío de V. va á salir chasqueado cuando me oiga.
—Yo confío tanto en el fino gusto de mi sobrina —dijo el Comendador,— que dudo de que se equivoque, por ferviente que sea la amistad que V. le inspire. Casi estoy convencido de que los versos serán buenos.
—Vamos, recítelos V., D. Carlos.
—No sé cuáles recitar que cansen menos, y que á V. que me fía, y á mí que soy el autor, nos dejen airosos.