En esto como en otras mil cosas, la poesía se parece á la magia.
Requiere la intervención del cielo.
Cuentan de Alberto Magno que, yendo en peregrinación de Roma á Alemania, pasó una noche á las orillas del Po, en la cabaña de un pescador. Agasajado allí muy bien, quiso el doctor probar su gratitud al huésped, y le hizo y le dió un pez de madera, tan maravilloso que, puesto en la red atraía á todos los peces vivos. No hay que ponderar la ventura del pescador con su pez mágico. Cierto día, con todo, tuvo un descuido, y el pez se le perdió. Entonces se puso en camino, fué á Alemania, buscó á Alberto, y le rogó que le hiciera otro pez semejante al primero. Alberto respondió que lo deseaba (también deseo yo hacer otra Pepita Jiménez;) mas que, para hacer otro pez que tuviese todas las virtudes del antiguo, era menester esperar á que el cielo presentase idéntico aspecto y disposición en constelaciones, signos y planetas, que en la noche en que el primer pez se hizo, lo cual no podía acontecer sino dentro de treinta y seis mil y pico de años.
Como yo no puedo esperar tanto tiempo, me resigno á dedicar á V. El
Comendador Mendoza.
Este simpático personaje, antes de salir en público, no ya escondido y á trozos, sino por completo y por sí solo, pasa, con la venia de Lucía, á besar humildemente los lindos pies de V. y á ponerse bajo su amparo. Remedando á un antiguo compañero mío, elige á V. por su madrina. No desdeñe V. al nuevo ahijado que le presento, aunque no valga lo que Pepita, y créame su afectísimo y respetuoso servidor.
JUAN VALERA.
*El Comendador Mendoza.*
I
Á pesar de los quehaceres y cuidados que me retienen en Madrid casi de continuo, todavía suelo ir de vez en cuando á Villabermeja y á otros lugares de Andalucía, á pasar cortas temporadas de uno á dos meses.
La última vez que estuve en Villabermeja ya habían salido á luz Las
Ilusiones del Doctor Faustino.
D. Juan Fresco me mostró en un principio algún enojo de que yo hubiese sacado á relucir su vida y las de varios parientes suyos en un libro de entretenimiento; pero al cabo, conociendo que yo no lo había hecho á mal hacer, me perdonó la falta de sigilo. Es más: D. Juan aplaudió la idea de escribir novelas fundadas en hechos reales, y me animó á que siguiese cultivando el género. Esto nos movió á hablar del Comendador Mendoza.