Lucía, sin advertir la turbación de su tío, siguió diciendo:

—Pero ¿qué digo á su familia? Á la misma Clara es posible que V. la conozca, sólo que ya no se acuerda. Cuando era ella chiquirritita, tal vez cuando ella nació, estaba V. en Lima. Clara es limeña.

Dominándose al cabo el Comendador, contestó á su sobrina:

—Mal puedo acordarme y mal puedo haber olvidado á esta señorita, á quien nunca he visto. Á quien sí he conocido y tratado mucho es á su señor padre; y también, á pesar de la vida retirada y austera que siempre ha hecho, tuve el gusto de tratar y ser amigo de mi señora Doña Blanca Roldán. ¿Cómo está su señora madre de V., señorita?

—Sigue bien de salud —contestó Doña Clara;— pero, entregada como nunca á sus devociones, apenas se deja ver de nadie.

—¿Y el Sr. D. Valentín, está bueno?

—Gracias á Dios, lo está, —dijo Clara.

—Se ha retirado ya de la magistratura —añadió Lucía;— ha heredado los cuantiosos bienes de su hermano el mayor, que murió sin hijos, y vive aquí, donde tiene su mejores fincas, de que Clarita es única heredera.

Como una nueva oleada de sangre subió entonces á la cara del Comendador, enrojeciéndola toda. Reportándose luego, dijo de la manera más natural á su parlera sobrina:

—¿Con que esta señorita, además de ser tan guapa, es muy rica?