Había en el acento de D. Fadrique un suave imperio, al que Clara no supo resistir.
—Le he amado mucho —contestó,— pero yo acertaré á no amarle. He sido muy culpada. Sin que lo sepa mi madre le he querido. En adelante no le querré. Seré buena hija. Obedeceré á mi madre. Ella sabe mejor que yo lo que me conviene.
Don Fadrique no se atrevió á replicar ni á hacer un discurso subversivo de la autoridad materna.
Á poco volvieron á reunirse, en un solo grupo los cuatro.
Antes de entrar de nuevo en la ciudad, D. Carlos se despidió del
Comendador y de las dos señoritas, y se fué por otros sitios.
Apenas Lucía y su tío dejaron á Clara á la puerta de su casa, el tío preguntó á la sobrina:
—¿Qué te ha dicho D. Carlos?
—¿Qué ha de decir? Que está desesperado; que Clara le desdeña, que le rechaza, y que, por obedecer á su madre, se casará con D. Casimiro.
—Y D. Valentín, ¿qué hace?
—Nada. ¿Qué quiere V. que haga? Pues qué, ¿ignora V. que D. Valentín es un gurrumino? Una mirada de Doña Blanca le confunde y aterra; una palabra de enojo de aquella terrible mujer hace que tiemble D. Valentín como un azogado.