Interrogado tan directamente el Comendador, tuvo al cabo que romper el silencio; pero respondió con laconismo:
—Mala es, en verdad, la situación; pero, ¿quién sabe? Todo tiene remedio menos la muerte. Entre tanto —añadió D. Fadrique, hablando con lentitud y bajo, dejando caer las palabras una á una, como si le costasen grandes esfuerzos, y como si en vez de responder á su sobrina hablase consigo mismo y á sí propio se respondiese;— entre tanto, Doña Blanca es discreta, es piadosa y es buena madre. Razones de mucho peso tiene… sin duda… para querer casar á su hija con D. Casimiro. En fin, muchacha, sigue siendo buena amiga de Clara; pero no caviles ni formes juicios acerca de la conducta de Doña Blanca. Voy, además, á hacerte otra súplica.
—Mande V., tío.
—Es algo difícil lo que exijo de tí.
—¿Por qué?
—Porque te gusta hablar, y lo que exijo es que calles.
—¿Y qué he de callar? Ya verá V. cómo me callo. Yo no quiero que V. se disguste y forme mal concepto de mí.
—Pues bien; calla que me has puesto al corriente de los amores de D. Carlos y Doña Clara, y calla también cuanto sabes acerca de estos amores.
—¡Tío, por amor de Dios! No me crea V. tan amiga de contarlo todo. El pícaro idilio tiene la culpa. Sin el idilio, ni á V. le hubiera yo confiado nada.
Oído esto, sonrió el Comendador á su sobrina; y como ya estaban en la casa, se apartó de la muchacha, yéndose algo meditabundo y ensimismado, cual si procurase resolver un difícil problema.