Y dicho esto, hizo Doña Blanca al Comendador una ceremoniosa y fría reverencia, y echó á andar con sosegada gravedad, siguiéndola D. Valentín y llevando delante á Clara.

Don Fadrique pagó la reverencia con otra, se quedó algo atolondrado, y dijo entre dientes:

—Está visto: es menester acudir á otros medios.

No bien la familia de Solís se hubo alejado treinta pasos del
Comendador, vió éste que Doña Blanca se volvía á hablar con su marido.

Es evidente que el Comendador no oyó lo que le decía; pero el novelista todo lo sabe y todo lo oye. Doña Blanca, que trataba siempre de V. y con el mayor cumplimiento á su señor marido cuando le echaba un sermón ó reprimenda, le habló así mientras Clara iba delante:

—Mil veces se lo tengo dicho á V., Sr. D. Valentín. Ese hombre, que V. se empeñó en introducir en casa, allá en Lima, es un libertino, impío y grosero. Su trato, ya que no inficione, mancha ó puede manchar la acrisolada reputación de cualquiera señora. Yo tuve necesidad poco menos que de echarle de casa. Motivos hubo, en su falta de miramientos y hasta de respeto, para que en otras edades bárbaras, olvidando la ley divina, alguien le hubiera dado una severa lección, como solían darlas los caballeros. Esto no había de ser: era imposible… Nada que más repugne á mi conciencia; nada más contrario á mis principios; pero hay un justo medio… Delito es matar á quien ha ofendido… pero es vileza abrazarle. Sr. D. Valentín, V. no tiene sangre en las venas.

Todo esto lo fué soltando, despacio y bajo, casi en el oído de D.
Valentín, su tremenda esposa Doña Blanca.

Fueron tan duras y crueles las últimas frases, que D. Valentín estuvo á punto de alzar bandera de rebelión, armar en la calle la de Dios es Cristo y contestar á su mujer lo que merecía; pero el olor de mil flores regalaba el olfato; la gente pasaba con alegre aspecto; el día estaba hermosísimo; la paz reinaba en el cielo; un fresco vientecillo primaveral oreaba y calmaba las sienes más ardorosas; la familia de Solís iba al incruento sacrificio de la misa; Clara marchaba delante tan linda y tan serena: ¿cómo turbar todo aquello con una disputa horrible? D. Valentín apretó los puños y se limitó á exclamar con acento un si es no es colérico:

—¡Señora!…

Luego añadió para sí, cuidando mucho de que no lo oyese Doña Blanca: