—Antes morirá que confesar á su madre ese amor.
—Y si tanto miedo tiene á su madre, ¿no podrá huir conmigo?
—No creo que dé jamás tan mal paso. De todos modos, aunque tan mal paso fuese posible, no se debía apelar á él sino apurados antes otros medios más prudentes y juiciosos. Reitero, con todo, mi afirmación. Creo capaz á Clarita de morir de dolor; pero no la creo capaz de prestarse al escándalo de un rapto.
—Entonces ¿qué quiere V. que yo haga?
—Lo primero, volver á Sevilla con sus señores padres, y dejar á Doña
Clara tranquila con los suyos.
—Bien se conoce que V. no ama. Á su edad de usted…
—Dale… con la tontería… Caballerito poeta… yo no soy ni viejo ni rabadán… ni me parezco en nada al del idilio. Váyase V. á Sevilla hoy mismo. Salga V. de esta ciudad antes de que Doña Blanca se percate de que hay moros en la costa. Yo velaré aquí por los intereses de V. Y si peligran; si es menester apelar á medios violentos, cuente V. también conmigo… hasta para el rapto. Á poco me aventuro prometiéndoselo á V., porque doy por firme que no se dejará robar Clarita.
—¿Y por qué, para qué he de irme á Sevilla?
—¿Pues no se lo he dicho á V. ya? Porque aquí no hace V. sino perjudicarse, sin gusto y sin ventaja. Estoy seguro de que no logrará V. más que ver á Clara en la iglesia, con más angustia que deleite por parte de la pobre muchacha. Y esto mientras Doña Blanca no descubra nada. El día en que descubra Doña Blanca su juego de V., será para Clarita un día tremendo y V. no volverá á verla. Váyase V., pues, á Sevilla.
—¿Y qué ganaré con irme?