Mis lectores deben de formarse ya, por lo expuesto hasta aquí, cierta idea bastante aproximada de la condición del mencionado fraile. Fáltame añadir, para que sea completo el retrato, que era alto y seco; que veía y oía bien; que tuteaba á todo el género humano, y que se preciaba de no tener pelillos en la lengua, esto es, de decir cuanto se le ocurría, con una franqueza que tocaba y hasta pasaba á menudo sus límites, entrando con banderas desplegadas por la jurisdicción y término de la desvergüenza. Sólo con D. Fadrique se mostraba el Padre respetuoso y deferente, suponiendo que él tenía, sin poderlo remediar, un afecto por su antiguo discípulo, que le hacía sobrado débil.

—Muchacho —dijo á D. Fadrique, apenas le vió entrar,— ¿qué buen viento te trae por aquí de improviso?

—Maestro —contestó el Comendador,— he venido expresamente para consultar á V.

—¿Para consultarme á mí? ¿Y sobre qué? ¿Qué hay, que tú no sepas mejor que yo y mejor que nadie?

—Mi consulta es de suma importancia.

—Vamos… ¿de qué se trata?

—Se trata… se trata… nada menos que de un caso de conciencia.

Al oir caso de conciencia, el padre miró fijamente al Comendador con aire de incredulidad y de recelo, y exclamó al cabo:

—Mira, hijo mío, si es que te aburres en estos lugares y quieres chancearte y divertirte, toma una tabla y dos cuernos, y no te diviertas ni te chancees conmigo. Ya está duro el alcacer para zampoñas.

—¿Y de dónde infiere V. que me chanceo ó que me burlo? Hablo con formalidad. ¿Por qué no he de exponer yo á V. formalmente un caso de conciencia?