El padre, sin responder de palabra, hizo con la cabeza un signo de afirmación.
Entonces prosiguió D. Fadrique:
—El hombre de que he hablado á V., el pecador causa del engaño y del hurto, soy yo mismo. La ligereza de mi carácter me había hecho olvidar mi delito y no pensar en las fatales consecuencias que de él habían de dimanar. El acaso… ¿qué digo el acaso?… Dios providente, en quien creo, me ha vuelto á poner en presencia de mi cómplice y me ha hecho ver todos los males que por mi culpa se originaron y amenazan originarse aún. Dispuesto estoy á remediarlos y á evitarlos, de acuerdo con la doctrina de V., hasta donde me sea posible y lícito. Es un consuelo para mí el ver que está V. en concordancia conmigo. Yo no he de buscar remedio peor que la enfermedad; pero hay una persona que le busca, y es menester oponerse á toda costa á que le halle. Sería una abominación sobre otra abominación.
—¿Y quién es esa persona? —dijo el padre.
—Mi cómplice, —contestó el Comendador.
—¿Y quién es tu cómplice?
—V. la conoce. V. es su director espiritual. V. debe tener grande influjo sobre ella. Mi cómplice es… Cuenta, maestro, que jamás he hecho á nadie esta revelación. Al menos nadie pudo jamás tildarme de escandaloso. Pocas relaciones han sido más ocultas. La buena fama de esta mujer aparece aún, después de diez y siete años, más resplandeciente que el oro.
—Acaba: ¿quién es tu cómplice? Haz cuenta que echas tu secreto en un pozo. Yo sé callar.
—Mi cómplice es Doña Blanca Roldán de Solís.
El P. Jacinto se llenó de asombro, abrió los ojos y la boca y se santiguó muy deprisa media docena de veces, soltando estas piadosas interjecciones: