El Comendador sabía y estimaba cuánto vale el dinero. La vanidad de haberle adquirido diestra y honradamente le daba para él mayor hechizo. Pero ¿en qué mejor podía emplearse el caudal, la ganancia y el ahorro de toda una vida activa, el fruto del brío, del trabajo y del ingenio, que en salvar á un ser tan querido y que tan digno era de serlo?
Suponiéndose ya el Comendador despojado de cuatro millones, se miraba reducido á la triste condición de un hidalgo labriego, que ó tendría que salir otra vez á buscar fortuna, ó tendría que acomodarse á vivir mal y humildemente en Villabermeja. Esto no le arredró.
Eliminadas, pues, varias soluciones, el problema quedó claro y sencillo. La única dificultad que había que vencer era la de pasar á poder de D. Casimiro, de modo tan natural, que apartase toda sospecha, una suma de cuatro millones, y hacer valer y constar, como era justo, este sacrificio cerca de Doña Blanca, para que la terrible señora reconociese á su hija por libre de toda obligación y por apta para recibir, en su día, los bienes todos de D. Valentín, como devolución, y no como herencia.
XIX
La familia de Solís continuaba incomunicada con sus vecinos.
Sólo entraban en aquella casa D. Casimiro y el fraile. Éste, á pesar de sus consejos, había sabido ingeniarse, volver á la gracia y recobrar la confianza de aquella adusta señora. No es tan llano desechar á un director espiritual, á quien se tiene por santo ó poco menos, aunque este director nos contraríe, y sobre todo haga cosas opuestas á nuestro modo de pensar. La mayor falta del padre Jacinto, lo que apenas acertaba á explicarse Doña Blanca, era que aquel virtuoso varón, aquel hijo de Santo Domingo de Guzmán, fuese tan íntimo amigo de un hombre á quien debía más bien llevar á la hoguera, si los tiempos no estuviesen tan pervertidos y la cristiandad tan relajada.
Doña Blanca no se calló sobre este punto, y varias veces manifestó al fraile su extrañeza; pero el fraile le contestaba:
—Hija mía, piensa lo que se te antoje. Yo no quiero calentarme la cabeza explicándotelo. Bástete saber que yo tengo á D. Fadrique por muy amigo, aunque incrédulo, como él me tiene por muy amigo, aunque fraile. Cavilando en ello me asusto, y prefiero no cavilar. No quiero dar por seguro que haya en las almas humanas algo que, á pesar de la radical oposición de creencias, sea lazo de unión amistosa y constante y fundamento de alta estimación mutua.
—Vaya si hace V. bien en no cavilar —contestaba Doña Blanca.— No cavile V., no venga á caer en herejía al cabo de sus años, fantaseando algo más esencial, más sublime que la creencia religiosa.
—No caeré en herejía —replicaba el fraile, que ya hemos dicho que era muy desvergonzado;—no caeré en herejía cuando tú no caíste. Nunca mi amistad será más inexplicable que lo fué tu amor.