Puede acontecer igualmente algo contrario a lo que acontece con los inventos de las ciencias naturales, que van todos de acuerdo y no se oponen unos a otros ni braman de verse juntos, como vulgarmente se dice. En las doctrinas filosóficas, si las tomamos de aquí y de allí, sin mucho criterio, y nos empeñamos en amalgamarlas, resulta o puede resultar una mezcla desatinada e informe, un conjunto de ideas que se rechazan y se excluyen. Algo de esto entiendo yo que hay en el libro del señor Don Pompeyo Gener, por más que me deleite leerle y aplauda el fervor propagandista y filantrópico que le ha dictado, y la elocuencia, el saber y el alto y claro entendimiento que en todas sus páginas resplandecen.

Antes de criticar este libro, mal o bien según mis fuerzas lo permitan, pero sin prevención adversa, debo y quiero hacer dos observaciones. Es la primera, que me valdré sólo de mi razón natural, colocando con mucho respeto las creencias, adquiridas por educación, tradición y revelación, en una a modo de arca santa, de donde tal vez necesite sacarlas más tarde, si yo mismo, imitando a Noe, no me introduzco y refugio también en el arca para huir del diluvio de disparates que podrá salir de mi estudio, como el famoso diluvio de las aguas salió de las rotas o abiertas cataratas del cielo.

Es la segunda observación, que aun suponiendo todo cuanto yo encuentre en el libro del Sr. Gener contradictorio y absurdo, no se amengua el valor estético del libro ni se deshace el encanto que su lectura produce. No necesito yo creer que irritado Apolo por la ofensa hecha a su sacerdote, bajó furioso del Olimpo y mató a los aquivos a flechazos, ni que Ulises y Pirro se escondieron en el hueco vientre de un caballo de madera, para deleitarme leyendo las hermosas epopeyas de Homero y de Virgilio.

Hechas tan convenientes observaciones, empezaré tratando de lo que en el libro del señor Gener me parece más consolador y satisfactorio: la afirmación del progreso indefinido de nuestro linaje; el convencimiento de que se vencerán y salvarán los obstáculos todos, y de que la humanidad irá elevándose más cada día a las regiones serenas de la luz, del bien y de la belleza.

Recientemente, disipadas las dudas enojosas que solían atormentar su alma, el más enérgico, inspirado y elegante de nuestros líricos, Don Gaspar Núñez de Arce, ha dado a la estampa un admirable poema, donde el referido convencimiento se manifiesta y brilla en imágenes y símbolos maravillosos, revestido con todas las galas y adornado con todos los dijes y primores de la poesía, y no por eso menos terminante ni menos claro que si en prosa metódica y didáctica apareciese expuesto. Aunque en la noche obscura, en el tortuoso y áspero camino y en la larga y cansada peregrinación, busquemos en balde reposo en las ruinas del templo, y pidamos inútilmente consolación y fe a los monjes difuntos, todavía una fe más radical y más íntima persiste en el ápice de la mente, surge del abismo del alma y no nos abandona. Todavía nos asiste Dios, nos guía y nos conforta. Las ruinas no deben entristecernos ni arredrarnos. No hay revolución ni cataclismo que baste a derribar el edificio erigido por esa nuestra fe superior e inmortal, ni que pueda conmover la base

De la admirable catedral inmensa,
Como el espacio transparente y clara,
Que tiene por sostén el hondo anhelo
De las conciencias, la piedad por ara
Y por nave la bóveda del cielo.

Impulsado por esa fe superior y por la esperanza que de ella nace, desecha el hombre temores y dudas, dice ¡Sursum corda!, prosigue con valentía su camino y logra al fin llegar a la cumbre, si no término, porque no le tiene su anhelo infinito, lugar excelso de descanso desde donde percibe, bañado en la radiante luz de la verdad, el no soñado objeto de sus más altas aspiraciones.

Doctrina semejante por lo progresista a la que expone el poeta en sus bellísimos versos, es la expuesta más ampliamente por el señor Gener en prosa llena de lirismo y en un libro o tratado cuyo título es Evangelio de la vida, no publicado aún por completo, pero del que su autor nos comunica por lo pronto el prefacio y algunos magníficos trozos como muestra o anuncio.

Contra las afirmaciones en que conviene Gener con Núñez de Arce, nada tenemos que objetar; pero Gener complica dichas afirmaciones con no pocas otras de diverso carácter y procedencia, y éstas, o las negamos, o aplicando a su examen un circunspecto escepticismo, las ponemos en cuarentena.

¿Quién ha de dudar ya de que el linaje humano progresa, apropiándose y acumulando la espléndida herencia de muchas generaciones, custodiando en los libros cuanto ha averiguado y sabe y divulgándolo por medio de la imprenta, y valiéndose además de mil útiles o deleitables artificios con los que se recrea, o de los que se aprovecha para hacer más cómoda, más amena y más grata la vida? En este punto capital todos estamos de acuerdo. Toquemos ahora aquellos otros puntos en que no puede menos de haber discrepancia.