Amplius et volvens fatorum arcana movebo.

En pos del super-hombre, por evolución y selección surgirá de su seno el archisuper-hombre, el cual podrá tratar tan desapiadadamente al super hombre como éste al hombre haya tratado. Y así sucesivamente sin que se vea el fin de las mudanzas y de los ascensos, per omnia secula seculorum.

Ora nos agrade o nos desagrade, ora nos tenga cuenta, ora no nos tenga cuenta, si el super-hombre ha de venir, vendrá pese a quien pese. Ni conservadores ni retrógrados podrán impedirlo. Sobre este punto Nietzsche y Gener se hallan en perfecta consonancia. Veamos ahora en lo que disienten y en lo que Gener, en mi opinión, con muchísimo juicio, enmienda a Nietzsche la plana. Digamos algo primero sobre este filósofo, el más original y el más estupendo que, según asegura Gener, ha florecido en la segunda mitad del siglo XIX. Era polaco de nación, súbdito alemán y profesor de Filología clásica, no nos importa saber en qué Universidad o Instituto. Sobrevino la guerra entre Alemania y Francia, en la que Francia quedó vencida. Y Nietzsche entonces, en cumplimiento de las leyes, se vio obligado a tomar las armas y a ir a la guerra. Antes de aquellos días Nietzsche apenas se había distinguido; pero, hallándose en el cerco de París, un casco de granada hirió y derribó su caballo, y Nietzsche mismo cayó por tierra maltrecho y con una profunda conmoción cerebral. Afirman discípulos de Nietzsche que esta caída del maestro fue semejante en sus efectos a la que tuvo San Pablo en el camino de Damasco. Lo cierto es que al recobrarse de la caída, Nietzsche se convirtió en otro hombre: apareció profeta, apóstol y, por último, loco.

Recuerdo yo, no haber leído, sino haber oído contar, en el aula del Seminario donde estudié Filosofía, sin averiguar más tarde en qué autoridad, documentos o testimonios se apoyaba la historia, que el doctísimo Cornelio a Lápide fue en su niñez una criatura casi tonta o insignificante por lo menos, pero que paseando un día por los alrededores de su lugar, tuvo la desgracia o la fortuna de encontrarse en medio de dos partidas o bandos de muchachos, que estaban apedreándose, y de recibir en la cabeza una tremenda pedrada. Este golpe le trastornó y le modificó tan dichosamente el encéfalo, que, no bien sanó de su grave y peligrosa herida, se convirtió en uno de los más agudos y sublimes sabios jesuitas que hubo en el siglo XVII: escribió luminosos comentarios del Pentateuco, y otras obras no menos útiles que forman juntas diez o doce tomos en folio; y, por último, murió en Roma en olor de santidad. Sin duda a Nietzsche hubo de sucederle algo parecido. «Opinan algunos fisiólogos alemanes, dice Gener, que la contusión que recibiera al caerse del caballo enfrente de la capital del mundo civilizado, fue, como la caída de San Pablo en el camino de Damasco, el origen de su inspiración y de su genio. Sea de ello lo que se quiera, lo cierto es que su visión filosófica especial del Universo se le desarrolló tan sólo después de esta época.»

Si Nietzsche hubiera sido polaco puro, completamente ario, su visión filosófica del Universo, su sistema se ajustaría con exactitud al del Sr. Gener; pero el Sr. Gener sospecha que en el organismo o en la sangre de Nietzsche había no poco de mogol o de tártaro, producida tal vez dicha mezcla cuando invadieron el Oriente de Europa las hordas de Gengis-Kan, de Timur o de otros fieros conquistadores turaníes. La verdad es que en Nietzsche hay dos elementos o factores de su genio, procedentes ambos de atavismo: uno ario, y Gener acepta todo el producto de este factor; otra turaní o mogol que mueve a Nietzsche a ser despótico, cruel y sin entrañas.

Es menester que aparezca el super-hombre. Cuantos obstáculos se opongan a su aparición deben ser destruidos. Nada de piedad, nada de conmiseración. Tales sentimientos son mera y vil flaqueza indigna del grande hombre, del super-hombre en ciernes. Derríbense tronos y altares, niéguense como absurdas todas las religiones reveladas, y anúlense o deróguense cuantas son las constituciones sociales y políticas, si sólo sobre las ruinas y escombros de todo ello ha de fundar su imperio la superhumanidad futura. Nietzsche acepta el dolor, el padecimiento, la conquista, la tiranía más ruda, si por tales medios se abre camino para el advenimiento del super-hombre. Nietzsche gusta en cierto modo de la libertad, pero detesta la igualdad y considera ridículo que los hombres pretendan ser iguales, ni siquiera ante la ley, ni ante la justicia, ni en una vida futura y ultramundana en que no cree, ni ante un Dios cuya existencia niega. Y como niega también la distinción entre lo bueno y lo malo, la moral que le parece una disciplina sub-humana y atrasadísima, y el deber que en la moral se funda, nadie acierta a comprender, y en este punto el Sr. Gener tiene razón que le sobra, por qué Nietzsche se somete con gusto a toda clase de padecimientos y de malos tratos con tal de que se consiga la aparición del super-hombre. ¿Qué le va ni qué le viene con dicha aparición, si él no ha de ser el super-humanado, si él no ha de pasar de un cualquiera, de un pobre diablo, de simple profesor, con poquísimo dinero, con menos consideración y campanillas, y terminando al cabo porque le encierren en un manicomio? Se comprende la abnegación del asceta que espera alcanzar la eterna bienaventuranza. ¿Pero qué espera Nietzsche para mostrarse y ser tan abnegado? El Sr. Gener y no Nietzsche es quien está en lo firme. El super-hombre ha de venir de todos modos. No debemos, pues, atormentarnos, molestarnos, ni trabajar para que venga. Según el Sr. Gener, debemos divertirnos, holgarnos, pasarlo lo mejor que se pueda en este mundo, y el super-hombre ya vendrá sin que le traigamos nosotros.

Aceptando las opiniones en que Nietzsche y Gener concuerdan, Nietzsche es ilógico, y es muy lógico Gener. Según asegura Nietzsche, Jehová ha muerto. Y en cuanto a Gener, aunque a menudo se contradice y hasta llega a mostrarnos al Padre Eterno, que se le aparece y le echa un largo y pomposo discurso, todavía este Padre Eterno es tan raro, que viene a ser como si no fuera. ¿Y negado un Dios personal y providente, cuál será el fundamento de la moral, de la bondad y de la belleza absolutas, y hasta de la verdad misma en lo que debiera tener de permanente e invariable? El Sr. Gener niega todo esto al negar a Dios. Y no soy yo quien saca la consecuencia: el mismo señor Gener explícitamente la saca. La contradicción está en que el Sr. Gener nos habla mucho del amor y se muestra fervorosamente enamorado. ¿Pero dónde está el objeto que de tanto amor sea digno? A la verdad que no se descubre ni se comprende.

Toda criatura racional que cree en un Dios infinitamente bueno, sabio y todopoderoso, sin duda le ama y debe amarle sobre las cosas todas. Y por virtud de este amor, que es caridad, ama también a los hombres, hechos a imagen y semejanza del Dios que ama. Sin ser por amor de Dios, sin este lazo supremo de comunión íntima, de hermandad y de unión amorosa de las criaturas, ¿qué razón hay para que amemos a nadie? No digo yo que aborrezcamos; pero ¿por qué hemos de amar?

El Sr. Gener, sin embargo, por lo que ya se prevé que va a ser su Evangelio de la vida, nos anuncia el imperio del amor en el mundo, siguiendo y adoptando las ideas de algunos extraviados discípulos del entusiasta y seráfico Padre San Francisco de Asís.

Según éstos, ya interpretadas sus palabras con exactitud, ya heréticamente exageradas o torcidas, en el mundo de los espíritus ha habido, hay y habrá tres reinados: algo a modo de turno pacífico para las tres personas de la Santísima Trinidad. Como la letra con sangre entra, el primero que reinó fue Jehová, Dios severísimo, vengador y tremendo, que destruye con un diluvio de agua a casi todo el linaje humano, que pisotea a los pueblos en su ira, que arrasa y quema ciudades enteras con fuego del cielo, y que abre el seno de la tierra para que se trague a cuantos son rebeldes a su mandato. El segundo que reina es Cristo, y con él la compasión y también el amor; pero un amor mezclado, con mortificaciones, penitencias, ayunos, lágrimas, vigilias y hasta azotes, de todo lo cual el Sr. Gener gusta poco o nada. Pero afortunadamente, y para que el Sr. Gener quede complacido, el tercer reinado va pronto a empezar cuando menos nos percatemos de ello. Será el reinado del Espíritu Santo, o sea del amor puro, sin disciplinas ya, sin abstinencias, sin cilicios y sin duelos y quebrantos, sino todo deleite, holgorio e incesante gaudeamus.