Reina no, sino loba
libidinosa y fiera.
Los que escribían en prosa, sin prevención y con la franqueza del sigilo, no condenaban a Isabel por loba, sino que la admiraban como gran reina. D. Juan de Silva, en una carta política dirigida a D. Cristóbal de Moura, habla así de aquella digna rival de Felipe II: «Los cuarenta y dos años que la reina de Inglaterra ha gastado en servicio del mundo, serán en su género la cosa más notable que se halle escrita, porque no teniendo más ayuda que la de nuestros pecados, y la de su consejo, ha salido con hacerse amar y temer en su reino más que todos sus predecesores. Ha ayudado como le ha placido y convenido a los enemigos de Francia y España, reinando en la mar como en la isla, cortando cuantas cabezas le podían dar estorbo, y la de otra reina entre ellas, paseando con sus navíos el mundo a la redonda y bailando y danzando como si no hubiera tenido que hacer.
En todo este elogio, no hay la menor censura sobre la moral de la reina, sino profunda admiración al buen éxito de sus empresas: envidia casi, no porque Felipe II hubiera sido más cruel y más tirano, sino porque fue menos hábil.
La vida de D. Cristóbal de Moura, y por consiguiente, el libro del Sr. Danvila, se extienden aun algunos años por el reinado de Felipe III.
No se me alcanza bien por qué el Sr. Danvila se inclina a mostrar a D. Cristóbal harto caído y desatendido por el nuevo monarca. Natural era que hubiese entonces turnos pacíficos, como los hay ahora, aunque durando muchísimo más cada vuelta. Natural era también que el nuevo rey tuviese nuevo privado, pero nunca con mayor exaltación y reconocimiento de méritos que D. Cristóbal cayó nadie de la privanza. Los favores regios vinieron sobre él en aumento de su estado y de su casa. Don Cristóbal fue, por último, el primer virrey que Portugal tuvo, a despecho y con envidia de príncipes y de grandes señores que hubieran querido serlo. En todo lo cual, si supo don Cristóbal desplegar las más raras dotes de talento y de carácter para sostener su crédito y su importancia, no debe negarse tampoco que Felipe III y su valido el duque de Lerma fueron consecuentes y estuvieron acertados.
Prolijo sería exponer aquí en compendio los actos de D. Cristóbal en el virreinato y los demás sucesos de su vida hasta que llegó a su término, y con ella el libro del Sr. Danvila.
Libro es este de grandísimo interés, rico en noticias curiosas y en nuevos datos y de muy envidiable lucimiento, no ya sólo para quien empieza a escribir de historia y es muy joven, sino para el más curtido y avezado en este linaje de estudios.
No tiene la falta, sino la sobra, en moda hoy; moda de la que parece imposible prescindir para componer una mera biografía. Por eso suele ponerse en la portada de esta clase de libros, aunque el Sr. Danvila no lo ponga, como aditamento al nombre del héroe y completando el título, ora y su tiempo, ora y su siglo, aunque ni el tiempo ni el siglo quedase muy descabalado o muy inexplicado si el héroe mentalmente se suprimiera.
De todos modos, el libro del Sr. Danvila, calificado como se quiera el género a que pertenece, es desde luego muy importante trabajo, y cierta y brillante promesa además de otros sazonados frutos que el ingenio y la laboriosidad del autor han de producir en adelante.