Las demás semblanzas, según dejé ya apuntado, son todas de escritores franceses, y yo no puedo menos de alegrarme de que la crítica juiciosa se emplee en ellos y los dé a conocer en España. Celebro asimismo el apasionado afecto y la generosidad con que el Sr. Gener los colma de alabanzas. Yo convengo y he convenido siempre en que Francia posee amena y riquísima literatura, y en que es fecunda y dichosa madre de originales y elegantes escritores, cuyas obras son acaso las más leídas y celebradas en los países extraños, por donde el pensamiento y el idioma y hasta el sentir de los franceses se imponen y predominan entre los otros pueblos. Pero esta hegemonía de Francia en letras y en artes, no sólo da a Francia entre los extranjeros fundadísimo crédito, sino también prestigio deslumbrador, que los solicita y estimula a la admiración más ciega, a los encomios más hiperbólicos y muy a menudo a la desmañada imitación de lo peor, originando modas en lo que se escribe y en lo que se piensa, como las hay en lo que se viste y en el menaje de las casas. Contra esto importa precaverse y estar sobre aviso. De aquí que tal vez los personajes que el Sr. Gener retrata en su libro queden tasados en su justo valer si rebajamos siquiera una tercera parte de las alabanzas que el Sr. Gener les prodiga. Debe además decirse que todos ellos están bien estudiados, tienen el conveniente parecido en el retrato y éste es una bella pintura que califica de atinado observador y de hábil artista a quien acertó a trazarla.
En general, todavía tengo yo que poner otro reparo a las semblanzas del Sr. Gener, o más bien aconsejar a los lectores que se aperciban contra ellas de cierta cautela, más indispensable a los españoles que a los hombres de otros países.
En España, ya sea por nuestra natural condición, ya sea porque escribiendo para el público o siendo artista se llama menos la atención y se adquiere menos dinero y menos gloria que en otros países y, por consiguiente, hay poco incentivo para dedicarse con constancia a lo que llaman en francés la pose, la verdad es que entre nosotros la pose apenas se estila o se usa, y cuando se usa o se estila es de un modo superficial y efímero y no con la honda tenacidad y persistencia que suelen tener en ella los escritores y los artistas franceses. Digo esto a fin de advertir que no debemos tomar con seriedad la pose mencionada, y a fin de censurar al Sr. Gener, aunque muy blanda y amistosamente, de que a veces toma dicha pose muy por lo serio. Válganos para muestra muchas cosas que refiere de Sarah Bernard, aunque en este caso es disculpa y aun plena justificación la galantería. La simpática y encantadora actriz posee en toda su persona vencedor y misterioso atractivo; con él y por él seduce y hechiza, como si fuera más hermosa que la Venus de Milo; se viste con lujo, esmero y gracia admirables, y su voz es argentina y simpática y tiene matices, inflexiones y tonos propios para expresar toda pasión y todo sentimiento: la ternura amorosa, los celos, la soberbia y la ira. Su andar, sus gestos, las posiciones que toma y los movimientos que hace, todo está magistralmente estudiado y ejecutado con inspiración y destreza. En suma, para elogiar a Sarah Bernard, yo me conformo, o más bien me complazco, en ser eco del Sr. Gener o de quien más la elogie. En lo único que no soy eco y en lo único que resulta la disonancia es en lo que me parece afectada ponderación; algo que veo en mi espíritu como trasladado a la vida real desde lo sofístico y aparente del teatro. ¿Cómo he de creer yo con formalidad y sin risa que para representar bien a la emperatriz Teodora, mujer de Justiniano, necesita Sarah Bernard leer a Procopio en griego, atracarse de Pandectas hasta el extremo de desencuadernar el volumen que las contiene y hacer otros mil estudios profundos y enrevesados para enterarse de cosas que probablemente la misma emperatriz jamás supo? Chistes, rarezas y exquisiteces por el estilo hay en los escritores y en los artistas de todas las nacionalidades, pero en los franceses se notan más a menudo. El blanco, al que con esto dirigen la mira, es a pasmar y atolondrar a los burgueses, mostrándose en vida, costumbres y hábitos, muy apartados de lo usual, muy inauditos y tan fuera del camino trillado, hasta en los casos y accidentes más ordinarios y repetidos, que vienen a aparecer, no como seres humanos, sino como monstruos o criaturas de distinta y superior especie. Asimismo procuran inculcar en la mente del vulgo un concepto fantástico de las enormes dificultades de su arte, suponiendo que para vencerlas son menester requisitos muy singulares, por donde, en ocasiones, el escritor o el artista que así quiere señalarse, incurre en pueril pedantería o en charlatanismo a la Dulcamara. Si Sarah Bernard asegura que para hacer bien el papel de la emperatriz Teodora se atiborra de crónicas en griego, se traga el Digesto y hace de él una buena digestión, y hasta interviene en el tejer de las telas con que han de hacerle los trajes procurando que sean tejidos según el estilo y manera con que en la edad de Narsetes y de Belisario solía tejerse, yo doy por cierto que Sarah Bernard embroma a la gente a quienes semejantes cuidados y esmeradas faenas refiere. Al hablar de todo ello, debería empezar su discurso como el gracioso doctor de la ópera, exclamando: ¡udite o rustici!
El título del libro del Sr. Gener lleva implícita la justificación contra todo lo que pudiera decirse acerca del mérito relativo de los personajes cuyos retratos literarios ha hecho. No los ha hecho porque dichos personajes sean los más egregios, sino porque han sido o porque son amigos y maestros suyos. Aun así, yo debo convenir y convengo en que se da la dichosa coincidencia de que sean casi todos los unidos al Sr. Gener por lazos de amistad, autores de primera nota en Francia, descollando en aquella nación tan rica en ingenios entre los más famosos y aplaudidos. Tales son Bourget, Richepín, Taine, Renán, Littré, Claudio Bernard, Flaubert, Pablo de Saint-Víctor y Víctor Hugo.
Aunque yo no he leído ni estudiado detenidamente todo cuanto dichos autores han escrito, conozco de ellos lo bastante para tributarles el más rendido homenaje de mi admiración, poniendo sobre todos a Renán como prosista, y a Víctor Hugo como poeta.
A veces he censurado yo en Víctor Hugo no pocas extravagancias, pomposidades y relumbrones falsos y de mal gusto, pero, a pesar de estos defectos, que yo noto para que no se me acuse de idolatría, siempre me he complacido en reconocer y confesar que por lo fecundo e impetuoso de su abundante vena, por su maravillosa fantasía y por su destreza magistral en el manejo de la lengua, del metro y de la rima, Víctor Hugo es, si no el primero, uno de los mayores líricos y épicos de nuestro siglo, rico en poetas más acaso que ningún otro de los siglos pasados. Dentro del período que abarca la vida de Víctor Hugo conviene no olvidar que en las naciones cultas de Europa, en alguna de América y en la misma Francia, el autor de los Cantos del crepúsculo ha tenido rivales que, si por la fecundidad no le vencen, tal vez por la calidad y excelencia, pureza y perfección de determinado número de obras, se le anteponen y le eclipsan. Así, por ejemplo, Manzoni y Leopardi en Italia, y aun en nuestra pobre y hoy desdeñada España el glorioso cantor de la imprenta y del levantamiento de las provincias españolas.
Como quiera que ello sea, y con el debido y más profundo respeto a los personajes literarios y científicos que el Sr. Gener retrata, declaro que no llego a advertir en ellos la estupenda magnitud y la superioridad descomunal que me induzcan a presentir, a columbrar y hasta a profetizar el próximo advenimiento de una raza o casta de hombres muy por encima de los que en el día visten y calzan y andan por esas plazas, calles y campos.
A mi ver, ha habido bastantes épocas en la Historia en que la profecía de ese advenimiento pudo estar más fundada. Tomemos, por ejemplo, los cien años que van de 1480 a 1580. En seguida se ofrecen a nuestra memoria Colón, Vasco de Gama, Magallanes, Vives, Suárez, Victoria y Domingo de Soto, Ignacio de Loyola y Lutero, Rafael y Miguel Ángel, Ariosto, Camoens y Shakespeare, Galileo, Baccon y Copérnico, y otro centenar de varones extraordinarios, en toda clase de obras propias del ingenio y del entendimiento humanos y para todos los gustos, creencias y doctrinas. Comparados con los personajes que acabamos de citar, los del presente siglo, yo al menos lo entiendo así, se quedan tamañitos. Admirable y rico es el fruto que han dado los segundos, pero vale más y tiene superior importancia el fruto que dieron los primeros. Los modernos idiomas, balbucientes e imperfectos aún en la Edad Media, se desenvuelven con pasmoso florecimiento y producen obras maestras en varias literaturas; se agranda y llega a ser casi cabal, en la mente humana, el concepto del universo visible; se conocen por experiencia las cosas materiales de la tierra y del cielo; renace la antigüedad clásica, y al renacer, y al ser imitada, el prurito de la imitación engendra nueva y original poesía, divinas creaciones artísticas, flamantes sistemas filosóficos y hábiles métodos de observación y de estudio para interrogar a la naturaleza y al espíritu humano y arrancarles sus más hondos secretos. En parangón de lo que hizo el siglo XVI, resulta inferior la obra de nuestro siglo, aunque no olvidemos ni dejemos de incluir en ella ciencias que pueden llamarse nuevas, tan importantes como la Química y la Filología comparativa, y descubrimientos tan ingeniosos y útiles como los del vapor para fuerza motriz, la fotografía, el telégrafo eléctrico, el teléfono y el fonógrafo. Todo esto vale e importa muchísimo, pero importa y vale muy poco cuando se compara al transfigurado renacimiento del mundo antiguo y al descubrimiento del nuevo mundo. Y si entonces no se creyó que iba a surgir de enmedio de la triunfante humanidad un ser exquisito y perfecto a quien llamásemos el superhombre, menos razón hay de creerlo ahora porque Renán escriba la novela sentimental titulada Vida de Jesús, porque haya ferrocarriles y alumbrado eléctrico, y porque se inventen las máquinas de coser y las bicicletas.
Si yo me dejase dominar por mi fervorosa filantropía y por mi amor a todo progreso, me dejaría convencer por los argumentos que el Sr. Gener aduce, y creería, como él, que está próxima la aparición del superhombre; pero, aunque soy progresista, no lo soy tanto, y aunque quisiera creer lo que el Sr. Gener cree, acuden a mi espíritu multitud de dudas que me lo impiden, harto a pesar mío. Voy a poner aquí algunas de estas dudas según se me vayan ocurriendo. Y voy, además, a presentar varias enmiendas o modificaciones a la doctrina sobre la humanidad ascendente, tal como el Sr. Gener la profesa, a fin de que, si al cabo nos dejamos convencer y la aceptamos, sea modificada o enmendada, según a mí me parece más razonable y equitativo.
En primer lugar, yo me alegraría de que el ascenso del género humano a género superhumano fuese general o total, aunque en la superhumanidad futura hubiese también, como en la humanidad presente, y en la debida proproporción, ineptos y aptos, torpes y hábiles, y tontos y discretos, etc.