Si las cosas fuesen así, la moda dejaría ya de ser moda. El recto camino, el arte infalible para escribir novelas estaría hallado, y por nada del mundo deberíamos apartarnos de él, para no extraviarnos o quedarnos a la zaga.

Yo advierto, no obstante, que estas novelas, escritas con el arte exquisito y profundo que tanto encomia el señor Reyles, aunque son leídas, admiradas e imitadas por cuantos siguen fanáticamente la moda de París, es de presumir que caigan en olvido, y hasta en menosprecio, cuando la moda pase y venga otra moda. Posible es que entonces todo lo que hoy se tiene por sutileza, novedad y profundidad, parezca falso relumbrón y pesado amaneramiento.

Lo cierto es, que las novelas más populares, las que se han vendido más en el mundo en estos últimos años, las que han tenido en apariencia al menos, mayor influjo en los sucesos políticos y sociales, no se han escrito en París, ni siguiendo la moda de París, sino poniéndose en determinada e impetuosa corriente de la opinión, dejándose arrebatar por ella, acrecentando su brío y extendiendo más su acción sobre el espíritu humano. De esta suerte, novelas, no ya de arte exquisito y profundo, sino con poco o ningún arte, aunque escritas en un momento dichoso y oportuno, han logrado más éxito, han tenido mayor resonancia, han importado más en los cambios sociales y en los grandes hechos históricos, que toda esa novelería tan encomiada por el señor Reyles.

Valga como muestra de lo que digo La cabaña del tío Tomás, de la señora Beecher Stowe, de la que se vendieron en seguida centenares de miles de ejemplares, que se tradujo en todos los idiomas, que tal vez enardeció los sentimientos abolicionistas y que entró por algo en las causas de la tremenda guerra de secesión.

No es, pues, ni el arte profundo y exquisito, ni la sutil y peregrina enseñanza de inauditas verdades, ni la superior inspiración, ni el refinamiento de la última moda de París, ni el primor del estilo, ni otras raras prendas literarias, lo que da la palma y corona de laurel a un autor de novelas: es el llegar a tiempo oportuno y el dejarse arrastrar sin miedo por la corriente.

Otra prueba de la misma verdad nos ofrece una novela del Sr. Bellamy, ciudadano anglo-americano también, novela de la que se vendieron cerca de cuatrocientos mil ejemplares, a poco de ver la luz pública. La novela era lo que podemos llamar una utopia socialista o comunista. La imaginó el autor en porvenir no muy distante. La revolución social se había ya realizado. El nuevo sistema marchaba regular y lindamente. El mundo todo se había convertido en una verdadera ciudad de Jauja, y el humano linaje comía, bebía, se divertía y trabajaba poco, sin apuros ni miserias. La novela del Sr. Bellamy llegó a tiempo y a esto debe su éxito. Bien pudiera decirse de ella lo que con mucho menos motivo dicen que dijo Voltaire de las Cartas persianas de Montesquien: ¡esas cartas persianas tan fáciles de componer! ¡...!

No pretendo rebajar ni ensalzar aquí el mérito de las novelas francesas y rusas, que encomia el Sr. Reyles, ni de estas otras novelas americanas que yo he citado. Digo sólo que han sido oportunas, y ya es esto un gran mérito. También, yo, cuando escribo novelas, procuro ser oportuno, y si no lo soy, es porque no atino con la oportunidad. Pero ¿qué tiene que ver la oportunidad con un arte exquisito y profundo recién inventado, con hacer sentir con nuestras novelas oportunas a los hombres de nuestra época más hondamente que lo que con otras novelas oportunas hicieron sentir otros autores al público de los pasados siglos en que ellos vivieron? Esta es la farsa que yo no admito y de la que se deja seducir el Sr. Reyles. Esta es la hablerie y (permítaseme la expresión) la blague parisina, por la cual, sea dicho con el debido respeto, me parece que está también algo seducida mi discreta y elocuente amiga doña Emilia Pardo Bazán, que todavía escribiría mejor de lo que escribe y compondría obras más originales y espontáneas, si se dejase influir menos por dicha blague.

La blague sube de punto si se sostiene además que la novela del día debe estar atiborrada de enseñanza, debe ser conjunto de documentos humanos y debe contener más honda doctrina que la de los libros destinados a enseñar y no a deleitar. Sería curioso que alguien estudiase historia en Alejandro Dumas, geología y cosmografía en Julio Verne, sociología en Zola, en Bourget psicología, y patología interna en otros varios novelistas.

Claro está que quien escribe una novela, así como toma para elementos o materiales con qué escribirla los casos de la vida vulgar y ordinaria observados por él, también puede tomar las doctrinas, creencias, aspiraciones, ensueños, ideas religiosas y metafísicas, y en resolución, todo cuanto cabe en la mente humana y la agita. Pero al tomar todo esto como elementos de su arte, no conviene a mi ver, que se empeñe en ser didáctico, porque se expondrá a enseñar menos y peor que lo que enseña el más pobre de los manuales y a faltar a su vocación de artista, sin crear la belleza y sin producir el deleite estético por el vano empeño de patentizar y divulgar inauditas verdades.

Es de notar, por último, que en esto de contener la ciencia en el arte, lejos de haber progreso, en cierto modo hay retroceso. La ciencia se ha ensanchado tanto que no cabe en los moldes artísticos, por más que los moldes se ensanchen también y hasta se deformen, como ocurre en la novela, donde un autor puede discurrir libremente sobre todas las cosas y otras muchas más.