Por desgracia resulta que Cabrera, que así se llama el marido de Lully, es un señorito tan grosero y vulgar de sentimientos que, a los pocos días de casado, se tima o se pone en relaciones pecaminosas con las daifas o zuripantas, que encuentra a su paso en el viaje de novios.
No son ya posibles la devoción y el afecto conyugales con que había soñado Lully. Nuevo ideal por tierra. Para reemplazarle piensa Lully en la poesía sublime de la maternidad; en sus goces, deberes y sacrificios; pero el tálamo es estéril para Cabrera.
Hay un momento en que sueña Lully con una pasión quintaesenciada, purísima, castísima, sin la menor mácula que deslustre su limpieza. Lully halla por fortuna al hombre adecuado para este fin. Ni hecho de encargo pudiera ser mejor; pero también por una serie de casos fortuitos, largos de exponer aquí, este amante archi-espiritual y semi-místico se va lejos: se diría que se desvanece.
En suma: la pobre Lully, creando en balde ideales que la casualidad o el diablo derriba luego, viene a caer en la más real y lastimosa bajeza que imaginarse puede. Medio sorprendida y medio violentada, en un instante de debilidad y de ceguera, casi sin conciencia y sin brío para resistir, Lully se rinde y se entrega a un hombre perverso y audaz que no la merece.
Aun después de esta caída Lully procura consolarse con un ideal, ya que no nuevo, renovado. Espera ser madre y se propone consagrar al hijo de sus entrañas toda la vehemencia afectiva de su corazón, sus pensamientos y la vida y el ser de su espíritu. Así pasa Lully el tiempo, y se consuela con estas ideas y con estos planes, hasta que llega el día del esperado parto.
Lully está a punto de morir, y pare un niño muerto.
El desengaño no puede ser más completo ni más terrible. Para colmo de desventuras, se le ha muerto poco antes su hermana la jorobada, descubriendo su violentísimo amor por el hombre que había abusado de Lully por sorpresa. Y como este hombre había coqueteado con chucha y hasta la había pretendido, por vicio extraño o tal vez por cálculos de conveniencia, a la pobre Lully no le queda siquiera el consuelo de figurarse a su seductor, o como queramos llamarle, menos ruin y desalmado de lo que era.
Tal es la primera fingida historia, harto poco consoladora en verdad, que el Sr. Danvila ha escrito. Grandes atrevimientos hay en la narración; pero están orillados o salvados con arte. Y como hay notable variedad y riqueza en los lances y episodios, y no pocos discreteos y chistes en los diálogos, razonamientos y cartas que entran en el tejido de la novela, su lectura no cansa ni aflige, sino que deleita, y promete además, que su autor ha de seguir escribiendo, superando en este género lo que ya ha escrito, y procurando que sus héroes o heroínas de la high-life pongan sobre terreno más firme las bases de sus ideales para que no se hundan en el cieno al menor capirotazo.