AVENTURAS, INVENTOS Y MIXTIFICACIONES

DE SILVESTRE PARADOX

Nadie más acérrimo contrario que yo a las modas en literatura; pero, ¿cómo impedir que sea lo que no debe ser acaso? Los buenos versos deben siempre ser estimados y aplaudidos. Esto no se puede negar. Es evidentísimo, no obstante, que el poco numeroso público español que lee está cansado de versos y se muestra con ellos harto desdeñoso. La afición a la novela y al cuento en prosa cunde y se aviva cada vez más, prestando incentivo a multitud de autores para que cultiven el género.

Poco fecunda fue España en novelistas durante todo el siglo xviii y los dos primeros tercios del xix. Las novelas inglesas y francesas traducidas al castellano, casi bastaban para el consumo, ya publicadas en los folletines de los periódicos diarios, ya propinadas en tomos. Se diría que en el país donde se había escrito el Amadís, La Celestina y el Quijote, se había perdido la aptitud para escribir novelas. Hoy, por dicha, me lisonjeo yo y me complazco creyendo que la aptitud renace, y esperando que ha de dar frutos no menos sazonados y sabrosos que los que vienen de Francia, de Inglaterra, y hasta de Suecia, Rusia y Polonia, que gustan y saborean con tanto deleite las personas cultas y que nuestros críticos suelen poner tan por las nubes.

Para que esto se logre no pido yo que menospreciemos injustamente la producción extranjera e importada, ni que elogiemos en demasía lo que por acá se produzca. Sólo pido un poquito menos de admiración y de pasmo hacia lo que nos viene de fuera y alguna mayor benevolencia para lo que en España se escribe y se publica. Conviene, además fijar en ello la atención del público y despertar por ello la curiosidad y el interés, la mitad siquiera que inspira el teatro, y la décima parte siquiera que inspiran las corridas de toros. Lo que es yo me propongo contribuir a este fin hasta donde alcancen mis pobres y ya casi agotadas fuerzas.

Es, a mi ver, singular y agradable el arraigo castizo que tienen las letras en España. A pesar del abatimiento en que hemos caído, y a pesar de la admiración y de la semi-adoración que unida al propio menosprecio quieren algunos hacernos sentir, no ya sólo por las novelas inglesas y francesas, sino también por las suecas y las rusas, el prurito de imitarlas, o bien no se da, o si se da produce el no esperado efecto de que imitemos, tal vez sin pretenderlo y hasta sin sospecharlo, impulsados por invencible atavismo, la antigua novela española. Claro ejemplo de esto nos presta la indicada por su título al frente de este articulito. Don Pío Baroja, sin querer acaso, pensando en muchos libros extranjeros que sin duda ha leído, se ha puesto a escribir y ha escrito las aventuras de Silvestre Paradox, y ha renovado, como puede ser renovada en nuestros días, con diversos trajes, usos, costumbres y aficiones, nuestra antigua novela picaresca. Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, Marcos de Obregón, Estebanillo González, el buscón D. Pablo, el donado hablador y otros personajes de la misma laya, han de haber encontrado en el reino de la fantasía y reconocido como muy cercano pariente al héroe desastrado de la novela de D. Pío Baroja. La semejanza de este héroe con los mencionados antes, resalta a cada paso, mientras que las diferencias proceden del diferente modo de vivir que hay ahora. Silvestre Paradox no es ya paje, ni escudero, ni soldado que va a guerrear y a garbear a Italia, Flandes y América, ni queda cautivo en Argel, ni acaba como penitente ermitaño en un yermo; pero lucha por la vida como se estila ahora, y acomete atrevidas empresas y busca aventuras, y nos presenta desde su nueva atalaya de la vida humana larga serie de cuadros en los cuales no deja de haber realidad y verdad, aunque ennegrecidos a veces por la sátira y grotescamente exagerados por la caricatura.

No es Silvestre Paradox un pícaro al modo de los antiguos, sino un semi-sabio extravagante que trata de inventar o cree haber inventado no pocos artificios científicos. Modelos para esto ha podido hallar el Sr. Baroja en nuestra tierra, donde poco o nada importante se inventa desde hace tiempo, pero donde no faltan propósitos y conatos de inventar máquinas que vuelen con dirección, barcos submarinos, proyectiles apestosos que basten a ahogar ejércitos enteros con sus mefíticos miasmas, y cuadratura del círculo, y movimiento continuo, y otra infinidad de primores.

No sé yo, ni me lanzaré a escudriñar y a investigar si el Sr. Baroja ha intentado con su novela demostrar alguna tesis o darnos alguna lección moral, social o política. Pero haya o no en su novela lección o tesis, yo me limito a considerarla como libro de entretenimiento, declaro que me ha entretenido, y con esto basta para que yo celebre al autor y recomiende la lectura de su libro, el cual está bien escrito, con sencillez y gracia, y sin hacerse pesado con filosofías y otras disertaciones inoportunas. Muy de agradecer es esto último en el día de hoy, cuando en la novela se pretende enseñar todo lo que hay que saber, incurriendo los novelistas en pesadez inaguantable. Porque, según me decía anteayer cierto amigo mío, no pocas novelas docentes de ahora son para él como el ajedrez: para juego, sobrado científico, y para ciencia, sobrado juego.

Por algo entra la ciencia en la novela de don Pío Baroja; pero entra como elemento o ingrediente para divertir y burlar. Aunque sea mala comparación, es como el aliño o la sal y pimienta del guiso.