La orgía de los concejales en el antiguo Convento, la animada descripción del incendio, con la hazaña de Calderón para salvar a la niña, y la famosa sesión del Ayuntamiento con todos sus pormenores, así como no pocos otros episodios, están bien observados y descritos; pero complican la acción dándole diversos motivos, cada uno de los cuales quita fuerza a los otros en vez de acrecentarla. El lector se pregunta: ¿se hubiera suicidado Isaac si cobra el dinero del monumento a Legazpi, o hubiera sufrido mejor con el dinero los desdenes de su mujer? ¿Si triunfa en el Ayuntamiento y después en las elecciones de diputados, no se hubiera resignado a vivir? ¿Si los críticos hubieran sido justos o muy benévolos y no hubieran señalado defecto alguno en sus obras, ensalzándolas sin reparo, no hubiera sido grande su consolación y sobrado eficaz para quitarle del pensamiento el violentísimo propósito de destruir lo que había hecho y de matarse en seguida?

En la existencia real, en todo verdadero suceso histórico, suelen quedar en pie y sin aclarar tales dudas; pero tal vez en una ficción novelesca, y cuando el autor penetra en lo más íntimo del alma de su héroe y allí lo ve y lo escudriña todo, semejantes incertidumbres y nebulosidades menoscaban el efecto de la composición en vez de aumentarle.

En suma: yo creo que, después de leída la novela, el lector no puede menos de reconocer que el Sr. Lasso es un buen novelista, si bien desea que acumule menos cosas cuando escriba otra novela, y que represente en ella la vida humana, sin que sean, y hasta sin que pueda presumirse que son sus figuras fieles retratos de determinadas personas, sin que contenga una acusación cada episodio, y sin que cada acusación dé lugar a una defensa.

EL siglo xix pasó ya, y nos hallamos en el xx, de lo que debemos alegrarnos por haber pasado también la manía, que cundió entre los escritores, por todas partes y durante muchos años, de calificar de fin de siglo las bellaquerías y maldades. Con esto, además, se quería dar a entender que las tales bellaquerías eran como el refinado producto del esfuerzo secular de una exquisita cultura, y el triste resultado de nuestros materiales progresos. Lejos de ser así, debe entenderse que los hombres, para ser malos y bellacos, no han menester vivir a fines de siglo, ni en época y sociedad muy adelantadas. En lo tocante a tunantería, se sabe cuanto hay que saber, y se hace cuanto hay que hacer desde los tiempos primitivos.

No es en Gandulia ni a fines del siglo xix donde solamente los concejales se despachan a su gusto. Bien podemos decir: todo el mundo es Popayán, y cuándo no es Pascua.

Al leer lo que el Sr. Lasso cuenta de ciertos concejales de Gandulia, he recordado, y no puedo resistir a la tentación de referirlo aquí, lo que he leído en uno de los extractos y traducciones de los millares de manuscritos egipcios adquiridos y conservados en Viena por el archiduque Raniero.

El caso no ocurrió a fin de siglo, sino a mediados: por los años de 250 de la Era Cristiana, o dígase 1650 años ha. Y todo consta en las actas del Ayuntamiento de la magnífica ciudad de Hermópolis, así llamada porque su numen tutelar era Hermes Trimegisto.

Las sesiones del Ayuntamiento hermopolitano no pudieron ser más escandalosas ni más borrascosas de lo que fueron. También hubo allí un Isaac Garcés de Trillo que acusó a los principales concejales o regidores delincuentes, cuyos nombres se conservan aún. Se llamaban Dioscórides y Sarapammon. Habían cometido multitud de estafas, irregularidades y filtraciones; y lo que dio lugar a los debates más acalorados que hubo en las Casas Consistoriales, fue que los Sres. Sarapammon y Dioscórides, valiéndose de las llaves del granero público, vendieron casi toda la cebada y el trigo que en él había, y una enorme provisión de lentejas, y cien artabas de arrak, bebida de arroz fermentado de que gustaban mucho los egipcios de entonces.

Véase, pues, la poca o ninguna novedad que tienen las fechorías de los concejales, y téngase por cierto que en nada malo ha habido el menor adelanto. En lo bueno sí le ha habido y le habrá. Y con tan hermosa y fundada esperanza debemos animarnos, no desmayar y no acudir al suicidio que nada remedia, como acudió en su locura el escultor y honrado concejal, héroe de la novela del Sr. Lasso.