I
Bien podemos decir con satisfacción que en el cultivo de la novela se advierten más cada día la abundancia y la bondad del fruto.
No es tan voluntariosa la musa como generalmente se cree. Conviene llamarla con persistencia y empeño. No siempre es ella sorda, y suele acudir propicia a quien cariñoso la pretende y con reiteradas y fervientes súplicas la llama. Sólo así se explica que en el país y entre la gente donde se escribió el Quijote se hayan escrito tan pocas novelas y de tan corto valer durante cerca de dos siglos, y que de algunos años a esta parte se escriban muchas novelas, no siendo inferiores algunas de ellas a las escritas en otros países donde florece género tan popular de literatura.
De Francia y de Inglaterra se han importado las novelas hasta hace poco, traduciéndolas o imitándolas. Aún persisten la imitación y la traducción. Tal vez nuestro público gusta más todavía de lo traducido o importado que de lo castizo y propio. No me incumbe ni quiero yo dilucidar aquí si nuestro público, y sobre todo el más selecto por su elevada posición social, tiene razón o no la tiene en tan marcada preferencia. Sólo afirmo que debemos procurar que tal preferencia deje de ser, ya esmerándose todo autor de novelas en que sean buenas las que dé a la estampa, ya trabajando el crítico para que reconozca y confiese dicha bondad el vulgo de sus compatriotas. No tenemos hoy que competir únicamente con lo que en Francia y en Inglaterra se escribe, sino que de Rusia, de Polonia y de otras naciones y lenguas, extrañas y casi incógnitas antes, se importan novelas que, ya nos entusiasman, porque en realidad lo merecen, ya nos agradan más que las nuestras, por lo exótico y peregrino de todo, y hasta porque, no conociendo ni tratando de diario a los autores, nos los podemos imaginar por cima de nuestro nivel: más sabios o más inspirados.
Inevitable es el influjo en las letras y en las artes de un país de lo que se produce en otros países más prósperos y más adelantados. No pretendo yo que nos sustraigamos a tal influjo, no sólo inevitable, sino provechoso a veces. Lo que me parece mal es el remedo servil, y es también que el remedo sea por moda, movido el que imita por admiración ciega y sin elegir los buenos modelos con discernimiento juicioso.
De todos modos, es absurdo aspirar a una originalidad tan completa que no se parezca, por ejemplo, ni recuerde en nada una novela española a las que ya en el mismo género se han escrito en otras naciones. Nuestra aspiración debe limitarse a que, si algo se imita, recaiga la imitación sobre un fundamento original y propio, así en las costumbres, pasiones y caracteres que se representen, como en el estilo y lenguaje con que se exprese todo. Importa que los personajes, los sucesos, los campos, ciudades y demás sitios en que se ponga la escena y cuanto figure en la acción, aparezca tomado o copiado inmediatamente de la naturaleza y no de los libros favoritos, venidos de tierra extraña a ser objeto de nuestra admiración y entusiasmo.
Cumpliendo con estas condiciones tenemos ya bastantes novelas, y cada día aparecen nuevas y compuestas por nuevos autores.
En medio de nuestra postración política, y a pesar de la discordancia de opiniones y de intereses que nos amenazan de continuo, turbando el reposo y la serenidad de los espíritus, aunque no lleguen todavía a producir muy serios y deplorables disturbios, buen síntoma es que la actividad intelectual se muestre fecunda en España y no reconcentrada en Madrid, sino difundida por toda la Península.
Yo, que políticamente no gusto del regionalismo, le celebro y aplaudo en literatura. Prefiero muchos focos luminosos a uno solo, por esplendor que tenga, que brille en el centro y que se difunda por todas partes. Con tal de conservar el carácter nacional y no renegar de él, la aparición de las obras de ingenio en diversas ciudades y regiones es prueba de que la vida no se ha recogido en el centro, sino que por donde quiera da razón de sí, mostrándose ubicua y varia sin romper la unidad del conjunto.