¿Cómo es posible que Ramona no tuviese una amiga en sus antiguas compañeras de colegio o entre las personas de la clase media que debían visitar y tratar a su padre y a su madre, o entre las damas elegantes que hubo ella de conocer y de agasajar en su casa antes de quedar arruinada? Bien sé yo que al que se queda pobre la gente suele despreciarle y volverle la espalda, pero no hasta el extremo de que no quede una sola criatura racional que le tienda la mano y que le aliente y consuele.
En el colegio, y aún después, Ramona, educada católicamente, hubo de tener confesores, hubo de tratar con sacerdotes. ¿Cómo no halló uno menos indiferente y frío de entrañas, menos despegado y duro para ella que el padre Zubulzu?
Ramona era bonita, elegante, no tenía nada de necia y mientras vivió en la alta sociedad, y no cayó en la sima, hubo de tener admiradores, amigos jóvenes y viejos que la estimasen, que la atendiesen, y con alguno de los cuales, a pesar de todo su recato y severidad de costumbres, pudo ella ser amable, concediendo aquellos favores de casta predilección y de limpia y amistosa confianza que no ya la austera virtud, pero ni la santidad prohíbe. ¿Cómo es que ninguno de esos amigos trató primero de evitar que cayese en la sima, o procuró después sacarla de ella sin exigirle en pago la humillación y la deshonra?
Posible es que las circunstancias se dispongan de tal suerte que un desgraciado no halle persona a quien volver la cara; pero no se debe suponer, sin insultar ni calumniar al linaje humano, que el desgraciado no halle a dicha persona porque en realidad no exista en el mundo. La desventura de Ramona llega, pues, al más raro cuando no al más increíble de los extremos. Fuera del jorobado, nadie hay que la asista ni que mire por ella: ni criadas ni otra gente humilde, ni personas, de la clase media, amigas o parientes de su familia, ni damas y caballeros de la sociedad aristocrática en que se ha criado y después ha vivido.
Extraña es también la completa y espantosa miseria hasta donde el autor conduce a su heroína, dotándola para ello de generosidad tan magnánima, que no puede menos de confundirse un poco con la simpleza hasta en el pensamiento de las personas más novelescas y despreciadoras de los intereses materiales.
A cualquiera se le ocurre, por último, la idea de que una mujer sana y joven, de veinticinco o veintiséis años, educada con esmero, debe de tener alguna habilidad, saber algo, disponer de algún medio, industria o recurso para ganarse honradamente la vida. Puede ser aya, maestra o acompañanta de señoritas ricas. Puede enseñar música, francés, inglés, labores de manos y hasta primeras letras. Puede bordar, pintar, hacer algo, en suma, que le valga dos o tres pesetas diarias. La mala suerte aprieta, pero no siempre ahoga. En La sima se nota demasiado el decidido empeño del autor de precipitar en ella a su heroína arrojándola en tamaña hondura que no le sea posible salir; que no le quede más recurso que la muerte o la infamia. Impulsada Ramona por la tétrica imaginación del Sr. Ortiz de Pinedo, viene a caer fatalmente en este horrible dilema: o suicidarse, o ser la manceba del torero Severiano, alias el Zuncho. Y como la infeliz Ramona carece del valor que para el suicidio premeditado se requiere, o bien, si el valor no le falta, su conciencia moral o religiosa le veda cometer tan horrendo crimen, Ramona opta por el otro término del dilema, y bien se ve, al terminar la novela, que va a incurrir en un pecado más feo, más sucio y más plebeyo, aunque menos feroz y menos contrario que el suicidio al orden natural y a la razón y a la voluntad divinas.
Durante la lectura de las últimas páginas de La sima nos forjamos por algunos momentos la grata ilusión de que Ramona, en medio de su abandono, iba a hallar un noble valedor en el torero: alguien que la protegiese sin exigirle brutalmente la paga; pero, como ya queda indicado, esta ilusión se desvanece pronto. El torero no es mejor que los demás seres de nuestra especie. Unicamente sobresale entre ellos por su energía, pero esta energía no manifiesta su actividad por ningún generoso impulso, sino movida sólo por egoístas y bestiales apetitos.
A pesar de cuanto queda dicho, a pesar de ciertas impropiedades e inverosimilitudes en los pormenores, y a pesar de varias coincidencias que sobrevienen demasiado a propósito para que parezcan fortuitas, como la imprevista aparición del torero en una grave ocasión en que salva a Ramona del trance más vergonzoso y desastrado, La sima está planeada y escrita con tal arte, que su lectura interesa, atrae y seduce, aunque en vez de deleitar aflija, acabando por descorazonar, si no tuviésemos el recurso de reflexionar que todo es fingido y falso, que todo es amañado, exagerado y teratológico, y no ordinario y corriente, por fortuna.
En resolución, yo me atrevo a calificar al Sr. Ortiz de Pinedo de buen pintor de costumbres, aunque me alegraría de que mostrase menos amarga predilección por la pintora de las malas, y de que pusiese menos color negro, menos sombras y más luz, y más tintas de rosa y de azul de cielo en su paleta. Tal vez en lo futuro lo haga así, sin obstinarse en producir extraordinarios efectos contristando más de lo justo el ánimo de sus lectores. Muchísimo, en mi sentir, ganará con esto el Sr. Ortiz de Pinedo.
IV