¡Qué atrocidades y qué horrendos crímenes no comete la heroína de La devoción de la Cruz, cuando el católico dramaturgo nos la representa irritada por un desprecio no real, sino imaginado! Julia impulsada por su pasión se decide a cometer y comete tales crímenes que
Darán espantos al mundo,
Admiración a los tiempos,
Horror al mismo pecado
Y terror al mismo infierno.
La venganza, pues, que toma la Duquesa haciéndole ver a Ignacio su deshonra, es una niñería, es una bagatela si la comparamos con otras mil venganzas, nacidas de agravios por el estilo.
Cuanto sucede después hasta que termina la novela me parece todavía menos meditado, y escrito más depriesa que el resto. Y es lástima, porque tal vez las mejores escenas se hallan al fin de la obra. El cinismo de Eulalia que confiesa con orgullo su falta moviendo a Ignacio a castigarla brutalmente en un acceso de ira, da lugar a una escena bien trazada aunque de rudo naturalismo, el cual resalta más por la cuestión de ambiente, por la elegantísima mise en scène en que ocurre.
Por último, de cuantas soluciones pudo usted dar a este enredo me parece la que usted da la menos natural y verosímil. Si Ignacio no se vuelve loco, ¿considera usted tan fácil que su mujer le haga pasar por tal y que le encierre en un manicomio? Pero supongamos el mencionado encierro muy factible. ¿No llega Ignacio al último límite de la extravagancia y no nos hace recelar que está loco de veras cuando toma la determinación de quedarse para siempre entre los locos y de pasar allí su vida sin querer probar que está cuerdo? Francamente yo recelo que Ignacio estaba completamente loco ¿pero porqué nos lo oculta usted y no más lo declara, justificando al bueno del médico y no comparándole malamente con Pilatos, ya que Pilatos se limitó a lavarse las manos y el médico se ensució las manos y la conciencia con una horrible mentira?
Mucho sentiré que crea usted, y más aún que crea la gente, si llega a publicarse esta carta, que el tono festivo en que está redactada redunda en perjuicio y descrédito de la primera obra de usted que ha visto la luz pública en un volumen. No me perdonaría yo, y calificaría de pésimo gusto, el propósito de responder con burlas a quien candorosamente me pide consejos. Yo los doy sin la menor burla, aunque severos a veces. Y toda burla además sería inmotivada. En absoluto, está lejos de merecerla Cuestión de ambiente y muchísimo menos la merece aún si se tiene en cuenta la mocedad de su autor. Aunque sean odiosas las comparaciones, me atrevo a sostener que pocos o ninguno de los novelistas, que florecen hoy en toda Europa con tanta abundancia, escribieron o pudieron escribir mejor novela que la de usted en la temprana edad que usted tiene.
Si algo de irónico y de regocijado contiene este escrito no va contra usted si bien se mira. Va contra la mala crítica y contra la peor interpretación que se da por algunas personas a los hechos fingidos que usted refiere.
La alta sociedad, compuesta de sujetos mejor educados que el vulgo, y más favorecidos de la fortuna, no es, ni puede ser, ni usted quiere que sea, más corrompida y viciosa que la plebe ignorante y baja. Afirmación tal sería en el fondo antiprogresista y antidemocrática y en su última consecuencia nos llevaría como a Rousseau a identificar la virtud y el salvajismo.
Bueno es tener presente, por último, que en la virtud hay mucho de silencioso, de modesto y de retraído, mientras que el vicio bulle, escandaliza y alborota por donde quiera. En contraposición de la alegre Duquesa que usted pinta, hay de seguro no pocas otras que encerradas en sus casas y sin dar nada que decir, son dechado de nobilísimas prendas que emplean en obras de caridad y misericordia.
Si algo censuro yo en usted, no para que se retraiga de escribir, sino para que siga escribiendo y se corrija, es el pesimismo tétrico, que más que por sentirlo adopta usted por moda: pesimismo, que en nuestro siglo de menos fe que los siglos pasados, tiene la desesperación por término y no aquel fin divino, ultramundano y dichoso que ponían en sus dramas, poemas, leyendas y demás escritos, autores como Calderón a quien ya hemos citado. ¿Qué importa que el mundo sea, no solo valle de lágrimas, sino tenebrosa caverna de infamias y de maldades, si así resplandece más, venciéndolo, dominándolo y hasta perdonándolo todo,