Pedro Lobo tenía en sus venas mucha sangre india, pero también tenía en sus venas sangre española. La sangre india, sin embargo, se sublevaba furiosa contra todo cuanto había en él de español. Aún esperaba él el remedio de tantos males: que manase de nuevo con abundancia el represado manantial americano; que se regenerasen los pueblos del Nuevo Mundo, y que su comprimida superior cultura retoñase y apareciese espléndida antes de que desapareciese la civilización europea en medio de las convulsiones de un horroroso cataclismo.

A veces columbraba Pedro Lobo, en visión profética, a toda Europa tan arruinada ya y tan desierta como contemplamos hoy el centro de Asia. Se figuraba a París, Londres y Viena, como contemplamos hoy los amontonados escombros de Nínive y de Babilonia. Lo que es de Madrid afirmaba que apenas quedaría rastro: sólo quedarían tal vez algunos cimientos del Palacio Real. Y como estos cimientos estarían tan solos, los hombres de las futuras edades imaginarían que había habitado en aquel alcázar un tirano anacoreta, un monarca misántropo y amigo de la soledad, que había ido a buscar para su vivienda un yermo inhospitable, feo y estéril.

Después de trazar de tan linda manera el cuadro de la Europa del porvenir, Pedro Lobo pintaba en su imaginación una América resplandeciente y dichosa, con artes y ciencias superiores a las europeas, originalísimas y casi sin antecedentes. Y como ciudad principal, centro y cabeza de este nuevo mundo, ponía él a Buenos Aires, su patria, en cuya ingente plaza mayor se levantaría grandioso monumento, más alto que la más alta de las pirámides, a la memoria de Juan Manuel Rosas, precursor y fundador de la nueva era y tremendo nivelador y constructor del camino por donde el linaje humano en América había de subir a tamaña altura.

El profeta filósofo, sustentador de las teorías que aquí se ponen en resumen, se hizo pronto uno de los más asiduos tertulianos de la señora de Figueredo.

Apenas tendría él treinta y cinco años. A pesar de su odio a España, tenía más apariencias de español que de indio. Parecía un andaluz moreno, esbelto y gracioso, con un no sé qué de extraño que le diferenciaba y distinguía. Y a pesar de su odio contra la civilización europea y a pesar de su vida y hábitos de gaucho, se allanaba y se resignaba, con naturalidad y sin esfuerzo, a aparecer, en la vida y trato de las ciudades, como un caballero atildado, pulcro y bien vestido, ya de frac, ya de levita, a la última moda, con botas de charol, y por las noches con corbata blanca y guantes amarillos o lilas. Rafaela le encontraba muy fino, y lo que es el señor de Figueredo aún ponderaba más su finura.

Con lo único que Rafaela no podía transigir era con el fanatismo anti-europeo y sobre todo anti-español de sus doctrinas históricas.

Rafaela se empeñó, pues, en convertir a Pedro Lobo, haciendo de él una persona razonable.

Este empeño no podía ser más natural ni más propio de las mujeres. ¿Cuántas de ellas no han soñado con traer o han traído, ya herejes o paganos al gremio de la cristiandad, ya desaforados criminales a una vida penitente, y ya a la templanza, a la paz y a las costumbres morigeradas a hombres crapulosos, jugadores y pendencieros?

La tentación de Rafaela era difícil de vencer. Rafaela se propuso hacer de Pedro Lobo otro hombre. Y para ello decidió emplear su buena maña y sus suaves rodeos; pero como Rafaela profesaba con ardor una filosofía de la historia totalmente contraria a la del gaucho y era además una española llena del más ardiente patriotismo, siempre le faltaban la paciencia y el disimulo para no impugnar con violenta furia los asertos del gaucho, que ella juzgaba intolerables errores y desaforadas blasfemias.

De aquí que muy a menudo sus conversaciones con Pedro Lobo, más frecuentes cada día, fuesen una acalorada disputa.