Arturito supo también la llegada de Pedro Lobo no bien éste llegó. Y si hemos de decir la verdad, allá en el fondo de su alma pacífica y humilde, se alegró entonces de que le hubiese despedido Rafaela. Así se creyó libre y exento de tener un lance con el gaucho, que alcanzaba fama de brutal y grosero.
Entre tanto, a fin de mostrar a Rafaela que por ella sólo había sido ordenada y juiciosa su vida; a fin de hacerle notar que se consolaba de su desdén volviendo a sus antiguas travesuras y locos deportes; y a fin acaso de que el mismo Pedro Lobo comprendiese que nada tenía él que ver con Rafaela, y que Rafaela no le importaba nada, decidió y concertó con los más alegres jóvenes de Río una regocijada partida de campo para el día siguiente, o mejor diremos para la siguiente noche. Era entonces el mes de Febrero, el más caluroso del año en aquellos climas, y sólo de noche podía disfrutarse algún fresco.
Estaba ya preparado un pick-nick en la Tejuca. Cuantos amigos quisiesen, podían ir inscribiéndose para ello en el casino y pagando después su cuota. Sólo las damas irían convidadas y sin pagar. Arturito había formado lista de ellas y dispuesto que las hubiese de todas procedencias y de todos colores: desde la alemana Catalina, apellidada por su cándida y sonrosada tez y por su dulce y buena pasta el Merengue de fresa, hasta lo que llaman en el Brasil café con leche más o menos cargado y café puro; esto es, que había tres o cuatro mulatas convidadas a la función y una negra gentilísima a quien llamaban la Venus de bronce. No faltarían tampoco dos garridas mozas, importación de las Islas Canarias, y algunas nacidas en las márgenes del Piratininga, fecundas en hermosas mujeres, una de las cuales descollaba por su aptitud y habilidad para cantar las modinhas más chuscas y amorosas.
La cena había de ser espléndida, y como el fondín de la Tejuca era pobre y se prestaba mal al esplendor, y aun al regalo, se discurrió llevar de Río algunos platos fiambres, el champagne y otros buenos vinos, y a un hábil mozo de comedor que lo ordenase y dirigiese todo. Nadie más apropósito para esto que un esclavo negro de Arturo Machado, que fue el elegido. Según costumbre brasileña o por rara inclinación que allí había, los negros, cuando se bautizaban, sobre todo si se bautizaban adultos, y no eran criollos sino traídos de África, solían tomar nombres pomposos de héroes, emperadores y príncipes de la clásica antigüedad greco-latina. No ha de extrañarse, pues, que el maestresala que había de ir a la Tejuca se llamase Octaviano. Era alto y fornido, y, aunque tenía ya más de cincuenta años, parecía joven. Procedía este negro de un territorio del interior del África, cercano aunque independiente de las posesiones portuguesas. Y la gente afirmaba que en su país no era un cualquiera. Hasta que le cautivaron y le trajeron al Brasil, siendo él de edad de dieciséis años, se había criado con mucho mimo y cercado de profundo respeto, pues era hijo nada menos que del rey de los Bundas. Sobre esta particularidad el lector podrá creer lo que quiera. Yo refiero lo que se decía sin detenerme en averiguaciones. Sólo añadiré que el aire majestuoso y digno de Octaviano inducía a cuantos le miraban a no tener por fabulosa su regia estirpe. Resignado estoicamente a su ineluctable servidumbre, aprendió pronto cuanto le enseñaron, porque tenía mucho despejo. Y como era tan hábil y bien mandado, el látigo o chicote jamás hirió sus espaldas. Ni era conveniente para él tan rudo y degradante castigo. Si incurría en falta, la menor reprensión bastaba. Él la sufría con modesta paciencia y luego se corregía. Mas si por acaso la reprensión era injusta, en sus ojos relampagueaba el coraje, y el reprensor, con cierta consideración temerosa, medía el alcance de sus palabras y dulcificaba y mitigaba su acritud y dureza. Aun sin notar en sus ojos el citado relámpago, se conocía cuando estaba enojado por un muy raro y singular aviso. Octaviano, que era limpísimo en su persona y que vendía salud, jamás olía mal, ni aun en la fuga de las mayores faenas; pero no bien se irritaba, era como si se abriese de súbito un pomo de concentrados aromas, esparciéndose en el aire la fragancia. La catinga, represada y latente en los largos períodos de placidez, se alborotaba y se desbordaba entonces, brotando por todos los poros y trascendiendo a muchos metros de distancia, como los proyectiles de una ametralladora.
Hacemos aquí tan particular y detenida mención de Octaviano por lo mucho que amaba a Arturito, de quien había tenido especial cuidado y con quien había jugado cuando niño, llevándole a paseo y a la escuela, y acompañándole luego cuando fue a estudiar a las Universidades de San Pablo y de Olinda. Arturito no llevó a París a Octaviano por no llamar la atención. Y no porque Octaviano fuese negro, sino por la singularidad de ciertos indelebles adornos que le distinguían, y que sin duda le hicieron y trajo de su país como señales de su categoría principesca. Ello es, que desde la punta de la nariz, subiendo por el caballete, atravesando el entrecejo y por medio de la frente hasta el nacimiento de sus cabellos crespos, tenía como una ristra de burujoncillos que parecían repulgos de empanada, y en las negras y relucientes mejillas llevaba un laberinto de incisiones, formando caprichosos dibujos, que sólo Dios sabe si serían expresión simbólica de la Teogonía y de la Cosmogonía de su tierra. Para averiguarlo, acaso no hubiera sido suficiente que sabios profundísimos empleasen más tiempo en estudiar su cara que Juan Francisco Champollion en estudiar la piedra de Roseta o que León de Rosny en estudiar los enmarañados códices cortesiano y troano.
Así se preparó la fiesta, que prometía ser notabilísima por todo; hasta por la singularidad del maestresala.
-XVIII-
Todo el tiempo de la larga residencia de Pedro Lobo en Río, Arturito había estado en París y no había tenido ocasión de conocer y de tratar al gaucho. Esto no ofrecía, sin embargo, el menor inconveniente para que el gaucho fuese a la fiesta. Era un pick-nick donde Arturito no figuraba importando más que cualquiera de los otros jóvenes brasileños y extranjeros que habían de ser de la partida, y a quienes el gaucho conocía y trataba. Deseoso de asistir a la fiesta y aun excitado a asistir por los ruegos de dichos jóvenes y con el fin de divertirse y de distraer sus penas, Pedro Lobo fue como uno de tantos.
Por lo pronto, sólo pensó en el placer que aquello podría traerle, y no formó proyecto alguno de armar escándalo y camorra. Llegó a la Tejuca a caballo, con tres o cuatro de los que eran más amigos suyos, y se hizo presentar a Arturito del modo más correcto. Arturito le acogió con la debida cortesía.