El Vizconde, a pesar de tantos saludos y conversaciones diversas, no dejaba de insistir en su pretensión. De vez en cuando, en los intermedios, esto es, siempre que Rafaela dejaba de hablar a una persona para ir a hablar con otra, el Vizconde, con palabras rápidas, dichas casi al oído de ella, le rogaba que le amase. Ella parecía no oír o no entender y no le daba respuesta.

Llegó por último la hora de partir, sin que Rafaela cediese, sin que al menos diese esperanza.

Vio Rafaela al Barón de Castell-Bourdac y le encargó que fuese a buscar su abrigo. Se despidió luego de la Sra. de Pinto, y, siempre del brazo del Vizconde, se dirigió a la antesala.

Aquella noche había en la tertulia mucha gente, y el Barón tardó bastante en volver con el abrigo, a pesar de lo habilidoso que era para tales menesteres. Las súplicas del Vizconde fueron entonces más fervorosas y reiteradas. Rafaela se quedó un momento pensativa y como vacilante. Al fin dijo al Vizconde en voz muy baja:

—Sea; usted lo quiere y el diablo lo quiere también.

—¿Y cuándo?—dijo con ansia el Vizconde.

—Dentro de doce días, el 20 de este mes—contestó ella—, hasta entonces ni nos hablaremos ni nos veremos.

—¿Y por qué tan largo plazo?—exclamó él.

—Porque quiero—dijo ella—imitar con usted lo que hizo Ninon de Lenclos con el abate Gedoyn.

—¿Y qué hizo Ninon con el abate?