Con persistente disimulo, con firme y enérgica voluntad, con raras precauciones e incesante recato, sin dejarme ver de nadie y fingiéndome enferma, dejé pasar los meses.

Llegó la hora y sólo Madame Duval, mi mucamba y el médico, de quienes tuve que valerme y me valí, exigiendo el mayor sigilo, supieron que fui madre.

Mi hija, a quien di por nombre Lucía, se crió lejos de mí, aunque yo velaba sobre ella e iba a verla a menudo.

Muerto D. Joaquín, procuré no poner en ridículo su memoria, dejando conocer en Río que tenía yo una niña de cerca de dos años. Casi de oculto hice que se embarcara y me la traje conmigo cuando vine para Europa.

Quisiera yo escribir a escape estas confidencias: no contarte sino lo más esencial: pero tal vez dejo correr la pluma y tal vez divago.

Lo que yo principalmente quiero que comprendas, es que en mi espíritu hay como dos focos distintos de actividad, de donde brotan dos corrientes también harto distintas, si bien la una y la otra están alegremente iluminadas por la luz clarísima con que yo veo y entiendo todo lo creado. Jamás se me ha ocurrido hallar mal lo hecho por la madre naturaleza, ni echar la culpa a la sociedad mal organizada de ningún caso adverso que me haya ocurrido, ni de ninguna contrariedad o percance angustioso en que yo me haya encontrado. Y no quejándome yo ni de la naturaleza, ni del orden social tal como los hombres han ido disponiéndole, muchísimo menos puedo quejarme de la divina providencia, que acato, adoro y bendigo. Apenas hay objeto que no vea yo de color de rosa, y siempre que se ennegrece, me culpo a mí y a nadie culpo. Como soy muy indulgente para con los otros, no es tan de censurar que lo sea también para conmigo misma. Por eso me dejo llevar de mis generosos afectos, harto poco en consonancia con una moral rígida, y de mi inclinación irresistible a lucir las prendas de que me dotó el cielo y a dar con ellas a los seres que me son caros ventura y deleite. Hay en mí asimismo un tenaz empeño de progreso, de adelanto en el camino de la perfección. Y tanto lo que creo realizado en mí, cuanto lo que en mí no está realizado ni puede realizarse nunca, anhelo yo con vehemencia ponerlo y realizarlo en un ser predilecto, en quien brillen, a par de cuanto hay en mí de que puedo con razón ufanarme, todas las excelencias y virtudes de que carezco y que no son pocas. Por esto, desde que nació mi hija, desde que por primera vez la vi y presentí que iba a ser hermosa, me propuse y ansié que su hermosura eclipsase la mía, que en discreción, elegancia y saber me aventajase, y que estuviese exenta de todos los defectos y manchas que en mí hay. Me propuse criarla con esmerado desvelo para que fuese tan casta y tan pura como bella, y para que no columbrase sólo el verdadero y exclusivo amor, hijo del cielo, sino para que fuese capaz de poseerle, de gozarle y de recibirle en su alma inmaculada como en su propio y consagrado templo.

Y para que veas lo extraño y contradictorio de mi condición, o más bien lo extraño y contradictorio de la decaída condición humana, mi alma, que tan altos propósitos tuvo y que a tan alta misión quiso consagrarse, se dejaba arrastrar de sus regocijados ímpetus, de su perversión bondadosa y de su liviandad inveterada, hasta el extremo de buscar y de forjar aventuras como la que te conté ya del paraguayo y como varias otras que he tenido después y sobre las cuales prefiero callarme.


No pude refrenar mi deseo de volver a mi patria. Desde Lisboa fui a Sevilla y a Cádiz.

Mi antiguo confesor, el Padre García, había hecho algunos ahorros y había heredado también a un hermano suyo que se había enriquecido. Harto el Padre de rodar por el mundo, vivía retirado en el lugar de su nacimiento, no lejos de Sevilla. Le anuncié mi llegada y él vino a verme.