Ahora comprenderás en qué sentido digo yo que mi vida en París ha sido modesta. En cuanto a su desenfado y a su alegría, no es menester que entre yo en pormenores para que tú lo comprendas. El cielo, el infierno, la naturaleza, un poder sobrenatural, lo que tú quieras o supongas, no parece sino que me ha dotado de imperecedera lozanía de cuerpo y de alma y de una bondad y de una ternura inagotables y prontas, pero que han hallado siempre obstáculos insuperables para el verdadero y definitivo amor, y se han quedado en mitad del camino.
Voy a contarte una curiosa aventura, que, si bien tiene mucho de ridículo, no puedo ni debo pasar en silencio, porque sus consecuencias fueron serias para mí y han influido bastante en los ulteriores sucesos de mi vida. De esta aventura hace ya mucho tiempo, pero la tengo tan presente como si ayer hubiera sido.
El Barón de Castell-Bourdac es el personaje más inverosímil y complejo de cuantos he conocido. Sus excentricidades mueven a risa, sus chistes, sus exageraciones y sus embustes involuntarios nos divierten a par que rebajan el concepto que de él formamos; pero cuantos le conocen y tratan y penetran bien en el fondo de su alma, no pueden menos de quererle y de estimarle. La fantasía del Barón ha bordado su vida sencilla y honrada, desfigurándola con falsos adornos. Sobre la historia ha venido a sobreponerse la leyenda: pero aunque por la leyenda aparezca el Barón como personaje cómico, por la historia es siempre digno de respeto. No pretendamos tasar y aquilatar con exactitud lo egregio y lo rancio de su nobleza. Él cree, y esto me basta, que es nobilísimo. Apenas hubo Cruzada en que un Castell-Bourdac no figurase. La importancia de los Castell-Bourdac ha sido grande desde entonces hasta la caída del antiguo régimen en 1789. La revolución los arruinó. Y desde entonces hasta ahora la inflexible energía de sus opiniones legitimistas ha impedido que salgan de la obscuridad. Ni durante la Restauración intervinieron en nada, porque hallaron a Luis XVIII y a Carlos X sobrado transigentes con las ideas nuevas.
Aunque el Barón de Castell-Bourdac, restablecida en gran parte la hacienda de su casa, poseyó por entonces bastantes bienes de fortuna, que hubieran podido servirle de sostén y aun de resorte para su elevación en la política, por desgracia e no quiso mezclarse en nada, y no acertó a emplear mejor su actividad que en disipar alegremente sus bienes y volver a quedarse pobre.
Desde el año de treinta en adelante, fue imposible que el Barón pusiese mano en los negocios públicos. Si él hubiera querido ceder, humillarse, renegar hasta cierto punto de las creencias y de la misión de sus antepasados, hubiera sido Diputado, Senador, Embajador, Ministro y cuanto le hubiera dado la gana; él al menos así lo creía; pero como el Barón no había querido ceder ni renegar, había tenido que limitarse y resignarse a ser un caballero, si bien encopetado, viviendo de sus rentas, que eran cortísimas.
En este punto de la situación económica, ya no entra por nada la fantasía del Barón. La pura verdad acude en su abono y le concede justa alabanza.
El Barón es un prodigio de arreglo y de economía. No disimula su pobreza, pero tampoco la deplora. En los círculos más elegantes se presenta siempre con el decoro propio de su clase. No juega, ni bebe. Por no tener vicio alguno, no fuma, y también porque el fumar le parece plebeyo, apestoso, impropio de un Castell-Bourdac y en plena disonancia con el ideal del atildado y noble cortesano del antiguo régimen tal como él se le representa.
El Barón no debe nada a nadie y nadie puede jactarse de que él le haya pedido dinero prestado.
Cada día come en una casa distinta. Es muy buscado y está convidado a las mejores mesas, así por su divertida conversación, como por su extraordinaria fama de hondo conocedor y perito en todas las artes del deleite. El Barón pasa por el gourmet más delicado que hoy vive, paladea y olfatea en Francia. No es rico para pagar unos convites con otros, ni es zafio tampoco para pagarlos de otra manera sin el menor disimulo; pero, quizás sin pensarlo, paga los obsequios que recibe y no hay quien le tilde de pique-assiette o de parásito. Los cumpleaños, las bodas y otras festividades le ofrecen ocasión, que él aprovecha, de pagar cumplidamente cuantos obsequios recibe. En suma, y en mi opinión, que creo fundada, el Barón es un modelo de cortesanía. Sólo han podido los maldicientes echarle en cara un defecto, del que, a mi ver, se ha corregido. El defecto, si lo es, consiste en su extremada galantería, muy en desacuerdo para muchos con la edad provecta a que ha llegado. Conceden sus críticos censores que él, en su juventud, hizo brillantes conquistas y cautivó no pocos corazones indómitos y soberbios, pero añaden que hace ya más de veinte años que debe el Barón recogerse a buen vivir y reposarse sobre sus laureles.