—¿De dónde procede esta medalla?—preguntó con curiosidad tal, que parecía embargar su espíritu y distraerle de los otros objetos.

—Es el único recuerdo que conservo de mi madre, contesté yo, como era la verdad.

—¿Y cómo se llamaba tu madre?

—Pascuala, le dije.

—¡Oh inescrutables designios del cielo!, exclamó el Barón, arrancando de su pecho un hondo suspiro que se diría que le desahogaba.

—¿Qué pasa?—pregunté yo imaginando que el Barón iba a desmayarse.

—Esa medalla, dijo el Barón, se la di yo a tu madre cuando estuve en Andalucía hace cuarenta y pico de años. Entonces... fuimos muy amigos... ¿no me comprendes?

Me entró al oír esta pregunta tan feroz gana de reír, que a duras penas pude contenerme, temerosa de que el Barón se ofendiera.

—¡Ah!, sí, te comprendo, dije al cabo, y di rienda suelta a mi alegría, riendo ya sin temor.

—¡Hija del alma!—dijo el Barón con tan profundo acento y con tantas apariencias de estar convencido, que sin duda empezó desde aquel punto a dar por cierto y por evidente lo que de improviso había imaginado. Ello es que ambos salimos muy agradablemente de aquel a modo de apuro, trocándose de súbito nuestra amistad y nuestro conato de amor anacrónico en el santo y puro afecto de un padre y de una hija.