Así pensaba yo y así me atormentaba al penetrar cada vez más en la mente de Lucía y al recelar que en la dirección que yo había dado al vuelo de su espíritu, había acaso falta de tino. Pues qué, ¿no podía ella ser todo lo santa que quisiese sin avergonzarse de mí, aunque fuese de un modo involuntario? ¿Si ella se hubiese criado en el abandono en que yo me crié, hubiera sido más que yo virtuosa y honrada?
En el abismo de mi alma ocultaba yo mis cavilaciones. No hallaba términos con que declarárselas a Lucía, ni con qué darle al menos leve indicio de ellas. Ignoro hasta qué hondura penetraría Lucía en mi conciencia y leería lo que allí pasaba. Lo que sé es que yo leía en la conciencia de ella como en un libro abierto, donde las sanas doctrinas del ilustrado sacerdote que la había educado, y las no menos sanas de las benditas madres del convento habían venido a combinarse con los rumores del mundo y con las malévolas insinuaciones de las compañeras de colegio a quienes la envidia movía, y habían formado un amargo conjunto que menoscababa el respeto y que acibaraba y aun emponzoñaba el amor de la hija a la madre.
Sin duda en la mente de Lucía había llegado a formarse un concepto de mí harto peor que el merecido. Ella hubo de creerse hija de un padre hasta de mí misma ignorado.
No creas tú por lo que aquí manifiesto que Lucía me mostrase el menor desvío. Antes era cada vez para mí más entrañablemente afectuosa. Por gratitud, por deber y por natural inclinación Lucía me amaba.
Modelo de cristiana humildad para con Dios, Lucía era tan orgullosa o más orgullosa que yo en sus relaciones con el prójimo, salvo que mi vileza primitiva había cortado las alas de mi orgullo y su orgullo tenía alas, aunque estaba herido por mi culpa y por mi vergüenza.
Una tristeza dulce y al parecer sin causa se pintaba en su rostro desde que salió del convento. La llevé a paseos y tertulias, la vestí y la adorné con los más elegantes trajes de moda, y procuré distraerla y alegrarla, pero todo fue en balde. Ella me confesó al cabo que tenía la más decidida vocación de abandonar el mundo y de entrar en el claustro. Inútiles fueron todas mis amonestaciones en contra; inútil la pintura que reiteradamente le hice de un porvenir brillante, honrado y tan dichoso y tan digno cuanto en este bajo mundo es posible. ¿Por qué no había ella de inspirar a un hombre y de sentir por un hombre que la mereciese el único y persistente amor que al pie de los altares se purifica y que un sacramento religioso ennoblece y ensalza?
Todo por mi parte fue empeño vano. Lucía persistió en no ser esposa sino de Cristo, y fue tan resuelto su propósito que no pude atajar los primeros pasos que quiso dar para lograrle, y, harto a despecho mío, hube de consentir en que se volviese al convento.
Sobre lo que tengo que contarte ahora, voy a pasar con rapidez como sobre ascuas. Aun así me quemará la sangre el recordarlo.
Por amor, por devoción a mi hija, concebí un proyecto tan sentimental como descabellado. A fin de realizarle me expuse a la más dura de las humillaciones.