Tal era el estado de mi alma cuando, después de tanto tiempo, volví a verte en casa de las de Pinto. Te lo digo sin lisonja: me pareciste muy bien. Tu presencia y tu conversación me confirmaron en la idea que he tenido siempre de que el hombre de naturaleza sana y robusta, si el vicio no le deprava, va creciendo en valer y como completándose hasta llegar a la edad de cincuenta años, que es sobre poco más o menos la que tú debes de tener ahora. Hay en su aspecto, en su ademán y en todo él una majestad y un brío reposado que están muy por cima de la intranquilidad y de la petulante inconsistencia de la primera juventud. En fin, ¿para qué buscar aquí los motivos? Bástete saber que te encontré muy de mi gusto, y que aquella noche volví a casa harto imaginativa y soñadora.

Después, a solas conmigo, se apacentó mi espíritu en los lejanos recuerdos que desde Lisboa guardaba yo de ti, profundamente sepultados, bajo otra multitud de recuerdos, allá en los abismos de mi memoria. Y no contenta yo con exhumar recuerdos tan distantes, me complací en combinarlos, empleando para ello un arte sibarítica, con las recientes impresiones que de ti había recibido. Entonces los traviesos y regocijados amores que en mi seno dormían se despertaron en tumulto y se pusieron a tocar diana, como si saliese para ellos la aurora de un nuevo día, con cuyo anuncio querían levantar y alborozar mis sentidos y potencias.

En mi pensamiento ya no podía yo estar más rendida ni ser de nuevo más tuya. Pensé o imaginé, no obstante, multitud de cosas que vinieron a complicar aquel sentir sencillo y alegre. Anhelaba yo y buscaba desde hacía tiempo formar o estrechar vínculos de amistad con alguien que me comprendiese y en quien yo pudiese poner toda mi confianza y desahogar mi pecho. También para este oficio te elegí en seguida, e impaciente y deseosa de que le ejercieras, empecé aquella misma noche a escribir estas confidencias que pronto leerás.

Al mismo tiempo, brotó en mi mente otra aspiración, otro propósito, apenas hasta entonces concebido por mí, que mucho me turbaba y me inquietaba. No aspiré ya al logro de fugaces deleites. Forjé un raro y para mí inverosímil cuento de amores; la unión apacible y duradera de dos voluntades humanas; algo de muy semejante a la historia de Filemón y Baucis.

Por desgracia, la concepción de este último propósito cayó con violencia sobre los propósitos anteriores, y pugnó por desbaratarlos.

No; aunque tú lo quisieras, aunque movido tú por amor vehementísimo, que yo con todas las energías de mi alma lograse inspirarte, te humillaras hasta el extremo de convertir el rápido capricho y el pasajero enlace en persistente unión, y aunque te complacieras en ser mi constante y único compañero y en consagrarme tu vida, yo no podría ni debería aceptar el sacrificio, y aunque lo aceptara, no se conseguiría mi objeto. Al hacerte tú mío, completamente y para siempre mío, perderías el valer, el encanto y el mérito que me lleva a desearte como mío para siempre.

Harto comprenderás por lo que te indico los encontrados anhelos que combaten dentro de mi alma. No has de extrañar, pues, que en medio de esta lucha, brote de lo hondo y como de la raíz de mi existencia, en mí que amo tanto el mundo y la vida, la imagen de la muerte, rica de hermosura y de poderosos atractivos, y trayendo en su mano paz y reposo.

A menudo, independientemente del renovado y repentino afecto que me inspiras y de las otras consideraciones que dejo expuestas, me aflijo y me mortifico haciendo lamentables pronósticos. Yo, según has podido entrever y pronto es probable que veas, he empleado tal fuerza de voluntad y me he esmerado con tal sabiduría en cuidarme, que si mis ojos y el amor propio no me engañan, estoy como el sol que culmina en el meridiano; estoy, como nunca, lozana y bella. Pero esto mismo aumenta mi terror de una pronta caída. Me espanta descender con precipitación del único pedestal que me sostiene. ¿Qué será de mí cuando sea yo vieja y fea? ¿Qué me quedará de respetable y de digno y de simpático cuando vengan la vejez y las enfermedades y poco a poco me vayan destruyendo y matando? Hasta la distinción, hasta la traza de mujer elegante y hasta el señorío majestuoso que muchas personas hallan hoy y celebran en mí, todo me abandonará para siempre. Ya lo he notado yo con espanto en no pocas mujeres de mi laya que han envejecido. Su aristocrática distinción era formal y somera; no procedía de lo íntimo y de lo esencial, sino de la forma exterior y de los atavíos que la engalanaban. Para mujeres tales, la vejez no llega sola, sino que viene acompañada de la vileza y de la ruindad en que nacieron y en que vivieron hasta envolverse en el alucinador artificio de que al fin la vejez las desnuda. Pensando en todo esto me amedrenta la vejez, de tal suerte, que deseo morir antes.


Vas a tenerme por presa de un delirio. No importa. Es menester que lo sepas, y te lo contaré todo. Se acerca el día en que has de venir a esta casa; en que he de cumplirte lo ofrecido. A menudo lo deseo, más todavía que puedes tú desearlo. Y sin condición, sin promesa, sin seguridad de que dure mi dicha, me propongo gozar de ella con tan reconcentrada intensidad, que encierre y cifre yo siglos y siglos en pocas horas.