Después, precedida de todos los ensabanados, encolchados y jumeones que se pudiese, tenía que salir la Cena, cuyo peso es enorme, pues consta la imagen completa de trece figuras de tamaño natural, y de la mesa, que algo pesa también y que va cubierta y adornada de flores, de las más exquisitas frutas que desde el otoño han podido conservarse hasta aquel día con el mayor esmero, y de un elevado y complicadísimo ramillete de dulces, donde echa el resto el más listo e ingenioso de los confiteros.
En pos de la Cena, y precedida también de mucha gente, había de salir la Oración del Huerto, donde Cristo ora de rodillas; un ángel que quiere estar en el aire, pero que se apoya en el ramaje de un olivo, ofrece a Cristo el cáliz de la amargura, y los discípulos yacen por tierra dormidos.
Terminada la procesión, el señor don Andrés tenía que echar el bodegón por la ventana y dar de cenar a los apóstoles, a los profetas, a los antiguos personajes bíblicos, a la plebe de Jerusalén, a los nazarenos y a la guarnición romana.
Las tres obras de escultura de que hemos hablado estaban ya expuestas al público el martes, no en las iglesias, sino en una inmensa sala baja entapizada de rojo damasco, adornada de cornucopias, flores y verdura, e iluminada por la noche con profusión de velas de cera.
Para cuidar de todo esto había elegido don Andrés a Juana la Larga, quien en los dos días del martes y del miércoles apenas podía salir de casa de don Andrés e ir a la suya, a no ser a la hora de recogerse a dormir.
El miércoles, singularmente, el trabajo de Juana era atroz. Ella debía condicionar para toda aquella tropa la espléndida cena de vigilia. Habría potaje de garbanzos con espinacas; como principal plato de resistencia, bacalao en sobrehúsa; y como plato ligero o de chanza delicada, una exquisita alboronía, que pudiese celebrar, si resucitase, el mismo famoso cocinero de Bagdad, que la inventó, dándole el nombre de la bella Alborán, sultana favorita del califa Harun Al Raschid, héroe de Las mil y una noches, princesa a quien dicho cocinero tuvo la honra de dedicarla.
Claro está que para postre no habían de faltar los ineludibles pestiños y que había de abundar el vino para apagar la sed que causa la sal conservada en el bacalao, a pesar del remojo, y al picante de las mil ristras de guindillas y de cornetas que en tal día se consumen.
Se esperaba, además, que llegase a tiempo de Málaga mucho cazón fresco, que Juana guisaría y haría servir a todos, o bien solamente a los apóstoles, profetas y reyes, si no llegaba cazón suficiente para el vulgo.
Por último, Juana había prometido hacer un plato de su invención, con el que la gente menuda se chupa por allí los dedos de gusto; plato que tiene la singularidad de remedar, en cuanto cabe en lo humano, el milagro del pan y peces, pues con dos docenas de huevos y media hogaza para pan rallado se hartan cien hombres, gracias al sabroso ajilimójili en que ella rehogaba las livianas tortillas después de haberlas frito, y en cuyo caldo se remoja pan y se convierte en sopas, que se engullen con deleite. A este plato de su invención Juana dio el nombre de hartabellacos.
Prometía la cena del miércoles ser muy divertida, amenizándola con sus chistes un criado muy gracioso que tenía don Andrés y que hacía en todas las procesiones el papel de Longino, soldado fanfarrón y galante antes de dar la sacrílega lanzada y ciego después, que persigue al lazarillo, el cual se le escapa y le hace en las procesiones mil burlas y perrerías.