A Juana la había visto un breve instante; pero confiaba tan poco en su circunspección y en la serenidad de su juicio, que no se atrevió a decirle nada ni a informarla de sus proyectos de repente y sin preámbulo alguno. Aguardó, pues, hasta el día siguiente, cuando su madre volviese ya de casa de don Andrés después de concluido su trabajo, a la hora en que había citado a don Paco, para que él también hablase a su madre y los tres se pusiesen de acuerdo.
Entre tanto, Juanita creyó prudente y decoroso no ver a don Paco, y violentándose, le impuso la condición de que no la buscase ni tratase de verla. Juanita tenía tantos negocios que arreglar y tantas cosas en que pensar y que hacer, que no quería que por lo pronto la distrajesen de ello sus amores. Era Juanita devotísima de la Virgen de la Soledad, y subió a la iglesia que está cerca del castillo y donde se venera su imagen a darle gracias por los beneficios ya recibidos y a rogarle fervorosamente para que le fortaleciese en sus propósitos, que ella creía santos y buenos.
Casi toda la gente estaba en la parte baja y llana de la villa. La parte alta, donde está el castillo y la antigua iglesia, se hallaba aquel día muy solitaria.
Juanita oró largo rato en el templo, casi desierto. Al salir de él tuvo la desagradable sorpresa de encontrarse con don Andrés, que la había espiado, que la había visto subir, que la había seguido, y que la aguardaba a la puerta.
Grandes fueron la desazón y el sobresalto de la muchacha. Aunque ella creía haber disipado todos los celos de don Paco y haberle inspirado confianza bastante para que no la vigilara, todavía temió que don Paco, o la viese en compañía de don Andrés o supiese por alguien que iba en su compañía, y aunque contra ella no formase queja, acabase por ofenderse de la obstinación con que don Andrés la perseguía y rompiese con él de una manera estruendosa.
Su desazón y sus temores se acrecentaron al ver que don Andrés se acercó a ella; la acompañó mientras bajaba la cuesta, la requebró con más fervor que respeto, le recordó los besos de la antesala y le hizo las más atrevidas proposiciones. Como don Andrés ignoraba el concierto de Juanita con el tendero murciano, venció su repugnancia a dejar impunes ciertos delitos, y entre otras ofertas, hizo a Juanita la de dar los ocho mil reales para que no fuese acusado Antoñuelo.
—Ya no necesito el dinero, señor don Andrés—dijo Juanita—. Don Ramón ha recuperado lo que se le debía y ha prometido callarse. Ahora yo suplico a vuecencia que me deje y no me persiga, y que no me ofenda proponiéndome lo que no puede ser. Y si vuecencia no se retrae de seguirme por mí respeto, porque yo se lo suplico con humildad, retráigase por el temor de ofender a personas que le son queridas.
—Yo no temo que esas personas se ofendan.
—Pues yo sí lo temo. Temo que se ofenda mi señora doña Inés, a quien bien quiero y a quien debo mil favores. Y temo más aún que se ofenda don Paco, quien..., fuera disimulo, ya es tiempo de que lo sepa vuecencia si no lo sabe..., es mi novio.
—¿Y cómo—dijo don Andrés—recelas tú que don Paco se escape otra vez y se vaya a vagar por esos andurriales?