Ya estuviesen hablando don Paco y Juana, ya estuviesen jugando al tute, Juanita rara vez suspendía su costura o su bordado; pero, sin suspenderlos, solía tomar parte en la conversación del modo más agradable. Nadie venía a interrumpir esta tertulia de los tres, salvo Antoñuelo, que escamaba mucho a don Paco y le llenaba de sobresalto y de mal humor.

Crecía este de punto porque mientras que don Paco estaba jugando al tute y Juana le acusaba las cuarenta, Antoñuelo se sentaba muy cerca de Juanita, en el otro extremo de la sala donde ella cosía, y ambos cuchicheaban con mucha animación y en voz tan baja, que don Paco no podía pescar ni palabra de lo que decían. Con esto se ponía como sobre ascuas y muy alborotado y triste, sin que para ocultarlo le valiese el disimulo.

Entonces don Paco jugaba peor: solía tener rey y caballo del mismo palo y se le olvidaba acusar veinte, o bien, si Juana le jugaba un oro y él tenía el as o el tres, se lo guardaba y no lo echaba. Así es que las noches en que venía Antoñuelo a la tertulia, sobre la desazón que daba a don Paco, le hacía perder un par de pesetas y hasta tres a veces.

Viniese o no viniese Antoñuelo a la tertulia, Juana la Larga estaba siempre presente. Don Pablo no hallaba modo de hablar a solas con Juanita, ni de abandonar a la madre e imitar a Antoñuelo enredándose en cuchicheos con la hija.

Alguna vez que lo intentó, hablando bajo a Juanita, esta le contestó alto, haciendo la conversación general y despojándola de todo misterio.

Bien hubiera querido don Paco, cuando Antoñuelo venía, rodear las cosas de suerte que le obligase a entretener a la madre, hablando o jugando al tute con ella; pero Antoñuelo aseguraba que no sabía jugar al tute y daba a entender que nada tenía que decir a Juana.

Con frecuencia salía don Paco tan cargado de esta tertulia, que se proponía y casi resolvía no volver a ella o, al menos, ir poco a poco retirándose. Pero ya había tomado la maldita costumbre de ir, y todas las noches, si lo retardaba algo, empezaban al toque de ánimas a hormiguearle y bullirle los pies, y ellos mismos, pronunciándose y rebelándose contra su voluntad, le llevaban a escape y como por encanto a casa de ambas Juanas.


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