Las miradas de los asistentes se fijaban con pasmo en el pecho del cacique, donde aquel día brillaba por vez primera la placa de oro, diamantes y rubíes y lustrosa banda de una gran cruz que el Gobierno acababa de concederle en premio de sus eminentes servicios.

Ambas Juanas, que tampoco habían estado en la procesión, porque la habían visto pasar por delante de su casa, sita en la carrera, aparecieron en la iglesia cuando ya empezaba la misa. Involuntario y general murmullo de admiración se escapó entonces del pecho de los hombres. La madre iba delante abriéndose paso con los codos. Detrás venía la hija, hecha un sol, con su lindo vestido de seda chinesca, su mantilla de madroños, su alta peineta de concha y un montón de claveles junto a la peineta. Como el vestido era alto, Juanita no llevaba pañuelo y mostraba toda la gallardía y esbeltez de su talle. Parecía la señora principal, la reina de aquella función, y apenas podían comprender sus compatriotas que fuese ella misma la moza que hacía poco iba con un cántaro por agua a la fuente. Era marcial y decidido su paso, pero al mismo tiempo majestuoso y modesto.

En la mano, que, en vez de emplearse en humildes y rudos trabajos domésticos, se diría que había estado conservada entre algodones, como delicada joven, tenía un pericón que manejaba con mucha gracia.

El asombro que causó su entrada en la iglesia bien se puede decir que durante tres o cuatro minutos turbó el orden y la tranquilidad que allí reinaba. El maestro de escuela, hombre leído y que sabía de memoria el Romancero, recordó a este propósito, hablando a la oreja de un concejal, el efecto que hizo entrada semejante en la ermita de San Simón de cierta niña sevillana, alborotando hasta a los monagos y a los sacristanes, quienes

en vez de decir amén,
decían amor, amor.

Tan disparatado triunfo no cogió de susto a doña Inés. Ya tenía ella averiguada la transformación de Juanita de zagalona rústica en algo que presumía de dama, y ya sabía, merced a las investigaciones de Cristina, que Juanita iba a lucir aquel día un maravilloso traje de lo más a la moda y señoril que se había visto nunca en aquel lugar y en muchas leguas a la redonda. El éxito sobrepujó, no obstante, todos los presentimientos y temores de doña Inés. Aunque todavía estaba guapa, a pesar de los ocho vástagos que había tenido, se sintió en el fondo del alma, inferior a Juanita en hermosura; no dejó de notar, con profunda mortificación, que Juanita estaba vestida con mejor gusto que ella; hasta en la distinción, aunque doña Inés se preciaba de muy distinguida, tuvo recelos de que Juanita le llevaba ventaja. Apenas se daba cuenta la señora de Roldán del arte o de la adivinación con que una chicuela que se había criado entre pillería andrajosa y casi en medio de la calle, como vaca sin cencerro, se había hecho sujeto capaz de tan repentina elegancia.

Como Juana la Larga iba tan engreída y tan ufana con el asombroso esplendor y con la rara belleza de su niña, no buscó para ponerse con ella de rodillas un sitio muy apartado, sino el mejor y más visible. Ambas mujeres fueron a plantificarse en un pequeño claro, inmediato a los escaños en que estaba el Ayuntamiento y don Paco y don Andrés; claro que el respeto y la humildad de otras mujeres habían contribuido a formar, y en cuyo límite, no distante, se hallaba doña Inés López de Roldán, la cual tomó aquella intrusión por desaforado atrevimiento, y ardió en sed de imponerle pronto y severo castigo.

Al efecto había ya prevenido al padre Anselmo, y le tenía muy sobreexcitado contra Juanita y contra su madre.

El padre Anselmo distaba mucho de ser malo y de ser ignorante. Sabía no poco de teología dogmática y de moral, y poseía notable despejo y prodigiosa facundia; pero era terco, persistente en las opiniones que una vez aceptaba, y desconocedor de los asuntos mundanos. Doña Inés, además, le tenía sorbidos los sesos. Doña Inés le infundía una veneración y un cariño alambicadamente espirituales, que la convertían para él en oráculo. Era el devoto afecto que se filtra y se cuela a menudo en el virtuoso corazón de los ancianos: amor sin deseo y sin vicio; lo que hasta llamándose platonismo escandalizaría al mismo que lo siente; lo que es tan sutil, tan etéreo y tan limpio como aquel semidivino sentir que describe y pinta con rasgos luminosos el conde Baltasar Castiglione en las últimas áureas páginas de su Cortesano.