El novio estuvo muy caballeroso y quiso imitar a Edgardo, el héroe de la novela de Walter Scott, Lucía de Lammermoor, que él había leído; pero la vaca no entendía de heroicidades y le derribó al suelo, dándole un empellón con el testuz. Por fortuna, la vaca no le hizo daño ni caso, porque sólo llamaba su atención y la atraía poderosamente aquella masa redonda y colorada que corría delante de ella agitando mucho las faldas. Como la calle estaba cubierta de gayomba y de juncia y con muchas gotas de cera que habían caído al pasar la procesión, el piso resbalaba demasiado. No es, pues, de extrañar que resbalase doña Nicolasita y diese en el suelo de hocicos. Gracias a las dos libras de yemas que se interpusieron entre su cara y las piedras no se despampanó la pobre. Sólo se hizo en la frente el chichón ya mencionado. Su terror fue inmenso y causa de su desmayo. Allá, en su fantasía febricitante, creyó sentir el cuerno que penetraba traidoramente en sus delicadísimas carnes, ya por un lado, ya por otro; y como por el terror, y antes que sobreviniese el soponcio, le dio la pataleta, agitaba la falda roja y llamaba al toro, o digamos a la vaca, que se le venía encima.
La fuerza de los mozos que la detuvieron tirando de la cuerda impidió que hubiese aquel día un desastre y que la función acabase en tragedia.
Don Paco, que venía por allí para visitar a sus amigas, al ver desmayada a doña Nicolasita, la levantó en sus brazos y se refugió en casa de ellas.
Cuando ambas se enteraron de lo sucedido, olvidando el enojo, cumplieron piadosamente con las leyes de la hospitalidad. Hicieron volver de su desmayo a la víctima de la vaca, aplicando a sus narices vinagre muy fuerte; con el mismo vinagre aguado le pusieron compresas en el chichón y se lo vendaron con un pañuelo blanco, de suerte que doña Nicolasita parecía un Cupido. Y, por último, le lavaron la cara y le quitaron la costra y churretes de yemas.
Don Paco auxilió en todo esto a las dos caritativas mujeres.
El escribano, Pepito y la hermana menor recobrados ya del susto, vinieron a la puerta a llamar a doña Nicolasita, la cual, restablecida también, salió en busca de ellos, sin dar ocasión ni tiempo a que entrasen.
Tal vez pudo creerse que esta precipitación en la partida y el no entrar en la casa los otros había sido de puro avergonzado; pero como doña Nicolasita no dio las gracias sino de un modo muy seco, y Juana y Juanita estaban escamadas, ambas lo atribuyeron a desdén y a estúpido recelo de rebajarse y contaminarse en el trato de ellas.
Más amostazada entonces que nunca Juana la Larga, aprovechándose de un momento en que Juanita había subido a su cuarto, habló a don Paco de esta manera:
—Señor don Paco, de sobra habrá visto usted la afrenta que nos han hecho. Su hija de usted, mi señora doña Inés, tiene la culpa de todo. Se le figura que le tenemos a usted engatusado, y que le queremos chupar y le chupamos los parneses. Harto sabe usted que eso no es verdad. Mi niña aceptó el corte de vestido y algún que otro regalo; pero los hemos pagado, si no con creces, en lo justo. La levita que lleva usted puesta bien vale la seda que mi hija ha lucido hoy y que tanto jaleo ha causado. Nosotras queremos mucho a usted, como buenas amigas; pero no le queremos tanto para que por usted nos sacrifiquemos; si seguimos recibiéndole nos tendrán por unas perdidas, y hasta serán capaces de echarnos del lugar. A Juanita le divierte mucho la conversación de usted; pero yo no quiero conversación que a nada conduce y que nos puede salir muy cara. Conque, con pena lo digo, y sin pensamiento de ofenderle, transponga usted, y no vuelva a parecer por esta casa, al menos hasta que cambien las circunstancias, sí es que cambian algún día, y sí no cambian, no parezca usted nunca.
Don Paco se compungió y se aturdió al oír este discurso y no acertó a dar contestación. Algo tartamudeaba; pero la resuelta Juana no le dejaba decir palabra. Le empujó hacia la puerta y le echó a la calle antes que volviese su hija.