que no valían un reale;
debajo llevaba otra
que valía una ciudade.»

Juanita, al citar estos versos y al aplicárselos, se olvidaba de sus melancolías y soltaba una carcajada.

—¿De qué te ríes, niña?—le dijo una vez su madre—. Pues no es cosa de risa lo que nos está sucediendo.

—Sí, mamá; es cosa de risa. Mejor es reír que rabiar. Cuando las cosas se toman a risa, las penas que causan se mitigan o se consuelan.

Juanita no se contentó con pensar y con proponerse cuanto queda dicho, sino que lo cumplió todo con la mayor exactitud y perseverancia.

Pasaron muchos meses.

El cambio de Juanita empezó a notarse y a celebrarse entre las personas más devotas del lugar. El padre Anselmo, singularmente, y sin poderlo remediar, a despecho de su humildad cristiana y del menosprecio de sí mismo, sintió un noble orgullo y se dio a entender que había hecho la más repentina y milagrosa conversión, deteniendo a aquella joven y simpática pecadora al borde del abismo en que iba ya a precipitarse.


XXII