Cuando llegaban a oídos de Juanita noticias de la terca incredulidad de doña Inés y de que la sospechaba de hipócrita, Juanita decía para sí: «No es mal sastre el que conoce el paño»; y sin arredrarse seguía por el camino que se había trazado.

Llegó en esto el invierno, y doña Inés quiso vestir a todos sus niños con buena ropa de abrigo; Juanita alcanzaba ya alta reputación de costurera. Todo lo que pudiesen hacer Serafina y otras del lugar era una chapucería cursi si se comparaba con las confecciones de nuestra heroína, que estaba al corriente de las últimas modas de París, que recibía los figurines y que, ajustándose a ellos, sin encadenar servilmente su fantasía a una imitación minuciosa, ideaba, trazaba, cortaba y hacía trajes para las mujeres, dignos de figurar en los salones de la corte y de ser descritos por Montecristo o por Asmodeo, y para los niños y niñas no inferiores por su gracia y por su chic a aquellos con que la prole de un milord opulento o de un banquero inglés se engalana.

Ruego al lector que me dé entero crédito y que no imagine que son ponderaciones andaluzas, o que mis simpatías hacia Juanita me ciegan. Lo que digo es la verdad exacta, pura y no exagerada. Yo he estado en Villalegre, he visto algunos trajes hechos por Juanita y me he quedado estupefacto. Y cuenta que yo tengo buen gusto. Todo el mundo lo sabe.

En fin, doña Inés se dio a pensar y a repensar en lo muy preciosos que estarían sus niños con los trajes que Juanita les hiciese; venció la repugnancia que sentía contra ella, la llamó a su casa y le encomendó trajes para todos, según la edad y el sexo de cada uno.

Fue Juanita a casa de doña Inés tan pobre y modestamente vestida como si saliese de un beaterio, y tan modosita en el hablar, en la voz y en los modales, que parecía, sin visos ni asomos de afectación, una criatura seráfica.

Esto, sin duda, hubo ya de entreabrirle o de ponerle entornadas las puertas del corazón de doña Inés, la cual sabía mucho y pensaría y diría en su interior.

—Si no lo finge, en verdad que es muy buena esta muchacha; y sí lo finge, sabe más que Cardona: es admirable su fingimiento.

Así, doña Inés se predispuso ya favorablemente.

Su favor valía mucho, y doña Inés acertó a cobrárselo por instinto. También hay su poco de gorronería en los grandes y poderosos de la tierra. Viene o propósito esta sentencia, porque doña Inés pagó el trabajo de Juanita en la tercera parte de lo que valía, aun en aquel lugar donde se trabaja barato, y pagó las otras dos terceras partes en el favor tan deseado y apetecido que empezó entonces a alcanzar la linda costurera.