En presencia de cualquier persona, Juanita seguía atendiéndola con el mayor respeto y dándole el tratamiento de su merced; pero en momentos de expansión, una vez que Juanita la oyó atentísimamente, impugnó sus razones y terminó por ceder a ellas, doña Inés, entusiasmada, se allanó hasta el extremo de mandarle que cuando estuviesen las dos solitas la tutease.

Estas prodigiosas conquistas de la paciente y despejada muchacha le prestaron desde luego confianza en sí misma, y pudieron darle mucha honra, sí ella entendiese que la necesitaba; mas apenas le dieron material provechoso, que era de lo que más necesidad tenía.

Pensaba doña Inés que no había mejor ni más espléndida paga que su afecto. Suponía tal la elevación de alma de Juanita, que hubiera sido injuriarla ofrecerle dinero. Un ochavo más que doña Inés le hubiese dado sobre el jornal que de ordinario ganaba, hubiera parecido una limosna. No era delicado socorrer a Juanita como a una pordiosera.

Y después de estos razonamientos tan juiciosos, como doña Inés no pagaba a Juanita sino lo que cosía, y no le pagaba, para no humillarla, ni las horas que empleaba leyéndole libros ni el tiempo que perdía escuchando sus disertaciones, resultaba doña Inés, por obra y gracia de lo mirada que era, tenía lectora y auditorio y acompañante de balde.


XXIV

La gloriosa servidumbre en que Juanita había llegado a ponerse, si no era útil, era molesta en extremo, porque la amistad de doña Inés no podía ser más exigente ni más imperativa. Y mientras más rebosaba entusiasmo y ternura, más se recrudecía también en exigencia y en imperio.

Había días en que no le quedaba a Juanita ni hora libre ni momento de sosiego. Doña Inés la llamaba y se valía de ella para todo.

En los lugares, al menos hace algunos años, pues no sé si habrán variado las costumbres, nunca salía una señora principal de visita o de paseo sin llevar a una acompañante. Juanita tuvo, por consiguiente, a más de leer y de escuchar disertaciones, que acompañar a doña Inés en sus visitas y en sus paseos. Y cuando a esta se le antojaba de súbito visitar o pasear y no tenía a Juanita en casa, iba a buscarla a la suya, haciéndose acompañar hasta allí por Serafina.

En los paseos rara vez leía o hacía leer doña Inés; pero, convertida en filósofa peripatética, disertaba de lo lindo, siempre sobre religión, moral, menosprecio del mundo, alabanza del recogimiento y de la conversión interior y aspiraciones a lo sobrenatural y divino.